Demasiado a menudo, en nuestro país, se adoptan posiciones por simple inercia política. Todo aquello que apoye el PP ha de apoyarse para no favorecer al PSOE, y todo aquello que el PSOE haga se ha de reprochar para así desgastarlo.
Una cosa similar ocurre con la Iglesia Católica, la cual es reiteradamente dispensada de toda mácula, alegando que cualquier crítica hace el juego a los rojos, llegando incluso al retorcimiento de pretender disimular continuamente el cada vez más acentuado posicionamiento liberal-progresista del Papa.
Uno de los temas que ha pasado por las fases anteriormente mencionadas es la eutanasia y el derecho a morir dignamente, respecto de los cuales quien ahora les escribe se posiciona a favor.
Antes de todo, adelantaré que, por supuesto, se deben fiscalizar exhaustivamente aquellos casos en los que pueda existir sospecha de que nietos u otros familiares deseen obtener el patrimonio del anciano, o en los que directamente se perciba que pretenden deshacerse de él por resultarles una molestia.
Dicho esto, la eutanasia debería ser un derecho universal para todos. El momento de la muerte, al igual que el del nacimiento, es el más trascendental de la vida de un hombre, ya que, al igual que el nacimiento, sella una etapa trascendental de su existencia. También se debería evitar la creación de un Ministerio de la Muerte.
Y es que una muerte honorable puede ser mucho mejor que una vida de deshonra, y esto no nos es ajeno a los europeos. Prueba de ello es la «mors triumphalis» o la «devotio» romana.

Por otra parte, y aunque es muy difícil, ya que siempre hay algo que aportar, cada cual tiene derecho a elegir el momento de hacer el «balance final» de su vida en el momento que crea necesario (No seré aquí quien defienda la cantidad frente a la calidad de una vida).
Ello también lleva consigo el peligro de que la eutanasia sea utilizada como una forma de cobardía, pero eso ya es objeto del juicio íntimo de la persona.
En el orden del honor, existe también la posibilidad de expiar una gravísima falta mediante la renuncia a la máxima posesión de un hombre: su vida. En ese caso, esa abnegación es admirable y digna de ejemplo.
Llegando a temas menos filosóficos, resulta indigno y absurdo que a un animal doméstico se le ahorre fácilmente la agonía y el dolor, con el consenso unánime de la sociedad, mientras que, sin embargo, se mantenga, incluso en contra de la voluntad de la persona, el calvario interminable de la demencia senil, el Alzheimer y otras patologías de crueldad extrema, que destrozan la existencia tanto de los familiares como del paciente.
Antes de que se me reproche, quien escribe nunca se opondrá a la agonía deseada y consentida explícitamente por la persona por motivos religiosos. No obstante, quiero traer a colación el ejemplo de Longinos, quien clavó una lanza en el costado de Cristo para mitigar su sufrimiento y que recibió, ni más ni menos, que la categoría de santo por la misma Iglesia Católica.
Por último, querría afrontar las vidas indignas de ser vividas, ya que, por muchas facilidades que la sociedad proporcione, la naturaleza, por desgracia, alumbra personas con gravísimas y dolorosísimas enfermedades de por vida. A ello se añade, además, el horrible sufrimiento que provoca a familiares y conocidos dicha agonía vital, que, en última instancia, aunque la sociedad lo niegue, nunca les proporcionará la capacidad de tener una vida digna y plena.

Para estos casos, la eutanasia debería ser una opción que pudiera elegir la familia.
Excluidas, por supuesto, de la eutanasia, estarían las supuestas depresiones derivadas de «problemas del primer mundo», que cada vez afloran con más fuerza —no ir de vacaciones al resort deseado, no tener móvil, etc.—.
En conclusión, no dejemos que los «hooliganismos» políticos ni los dogmatismos religiosos nos nublen la visión de conjunto de los problemas.
Guillermo Fernández González
