90 AÑOS DEL 18 DE JULIO DE 1936… LO QUE NADIE TE VA A CONTAR, por Eduardo Núñez

Se cumplen 90 años del levantamiento del 18 de julio de 1936 que condujo a la guerra civil española, y el propósito de este articulo no es el de hacer “guerracivilismo” sino recordar aquel conflicto aparentemente nacional, pero en realidad internacional, con la intención de decir lo que casi nadie suele decir. Para entender el por qué del 18 de julio de 1936 antes hay que retrotraerse al 14 de abril de 1931.

El 10 de febrero de 1931, en el diario “El Sol” apareció un artículo titulado “Delenda est Monarchia” firmado por José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, y Ramón Pérez de Ayala en el que se enterraba a la decadente sociedad monárquica. Ortega inspiró también la Asociación al servicio de la República, a la que perteneció Alfonso García Valdecasas, que dos años después tomó la palabra junto a José Antonio Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda en el acto del Teatro de la Comedia del 29 de octubre de 1933. Pues bien, solo siete meses después de esa declaración a favor de la República, Ortega escribió también en “El Sol” su famoso articulo “No es esto, no es esto”. Y esos tres firmantes de aquella declaración, los tres intelectuales que la firmaron, los tres se desengañaron después.

Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala cofundadores de la «Agrupación al Servicio de la República» en 1931

La primera mentira, y es una mentira muy extendida, es la de que la proclamación de la II República española estuvo legitimada por unas elecciones. En abril de 1931 reinaba en España el rey Alfonso XIII. Es una opinión corrientemente aceptada en toda Europa, que la República se instauró en España merced a una victoria electoral republicana. Y nada más falso.  Se celebraron unas simples elecciones municipales a las que la prensa de Izquierdas quiso dar una significación de «test» del régimen. El resultado de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, clasificando los elegidos en los dos grupos fundamentales de monárquicos y antimonárquicos arrojó un total de 8.291 concejales para los primeros y 4.314 para los segundos. Uniéndoles los proclamados por el artículo 29 de la Ley Electoral entonces vigente, los monárquicos habían obtenido un total de 22.150 concejales, por 5.875 los republicanos. En el magnífico libro “Historia secreta de la II República”, de Eduardo Comín Colomer, se detalla muy bien todo esto. Pero los republicanos ganaron en todas las grandes ciudades, con excepción de Madrid, donde se dio un empate a 143. Una derrota aplastante para los sedicentes demócratas (aunque de tales bien poco tuvieran unos y otros). Pero, incluso en la capital, los perdedores salieron a la calle. Los consejeros reales, pusilánimes, parecían temer una repetición del asalto al Palacio de Invierno, en San Petersburgo. Las maniobras oblicuas del del «triangulo» Alcalá Zamora-Romanones-Marañón, que actúa de «comadrona» de la República, y aconseja al rey Alfonso XIII que abdicara y abandone el trono, el tendencioso telegrama circular de Portela Valladares a los gobernadores provinciales incitándoles a abandonar sus puestos al anunciarles unos resultados electorales falseados, las actividades del Gran Oriente y, en mucha menor medida, las actividades del Kremlin y sus agentes, contribuyeron a implantar en España un régimen que un viejo bolchevique de la talla y el prestigio de Trotsky consideraba puente ideal para el comunismo. El poder está en la calle. Los republicanos lo toman. Lógico y natural. Se proclamó un Gobierno provisional.

En el primer Gobierno provisional de la titulada «República de trabajadores», encontramos a los masones Alejandro Lerroux, ministro de la Gobernación; Fernando de los Ríos, Justicia; Santiago Casares, Marina; Álvaro de Albornoz, Fomento; Francisco Largo Caballero, Trabajo. El presidente Alcalá Zamora, y el ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, eran judíos. Al cabo de un mes de la proclamación de la República, empezaba la quema de conventos en toda España. Visítese cualquier hemeroteca y consúltese cualquier periódico de la época: Huelgas, atentados, caos y miseria. Tras el triunfo de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933, en octubre de 1934 huelga general en Asturias, y rebelión armada de la Generalitat en Cataluña. Continúan los desórdenes, constatados por todos los republicanos decentes, empezando por Ortega y Gasset, con su «¡No es esto! ¡No es esto!». La enumeración de las algaradas, crímenes, tiroteos entre revolucionarios de todas las tendencias y los guardias civiles, de las huelgas, escenas de pillaje y desórdenes de todas clases precisaría de un grueso volumen.

Gobierno Provisional de la II República, presidido por Niceto Alcalá Zamora.

Izquierda Republicana fue el partido político republicano español de izquierdas fundado por Manuel Azaña en 1934, que tuvo un destacado papel durante la Segunda República española y en los momentos que precedieron al comienzo de la guerra civil. El anarquismo se impuso entre el peonaje de Cataluña, y entre el campesinado de Aragón y Andalucía. Los comunistas, aunque numéricamente escasos, se infiltraron hábilmente en las filas de los otros partidos marxistas, especialmente en el PSOE. Y así, la “República de trabajadores” debió enfrentarse, en cinco años, a más rebeliones, desórdenes y algaradas que la tan criticada monarquía en cinco siglos.

Por otro lado, desde la proclamación de la II República tuvo lugar un proceso de radicalización de la derecha española que estuvo influido por el auge del fascismo en Europa y los cambios políticos en España tras la caída del General Miguel Primo de Rivera, pero sobre todo desde la proclamación de la II República, y así tanto los sectores tradicionalistas como los influenciados por el fascismo europeo adoptaron nuevos métodos de lucha, cambios en su lenguaje y en sus posiciones políticas en la evolución de una derecha radical que tendría un papel decisivo en la guerra civil española. Dentro de lo que se llama la derecha radical en España cabe incluir a las organizaciones tradicionalistas, monárquicas y conservadoras radicales. Ahí podríamos incluir a la derecha fascistizada, como fue la Juventud de Acción Popular (JAP), organización juvenil española de ideología derechista fundada en 1932, primero del partido Acción Popular (AP) y, posteriormente, de la CEDA, cuyos miembros eran conocidos popularmente como los camisas verdes, y muchos de cuyos miembros ingresaron en la Falange a partir de la primavera de 1936 y más durante la guerra.

Juventud de Acción Popular.

Y de otro lado, las organizaciones fascistas propiamente dichas fueron las lideradas por Ramiro Ledesma Ramos y por José Antonio Primo de Rivera sobre todo tras la irrupción de Falange. Conviene recordar aquí, que la Falange tuvo un centenar de muertos asesinados casi siempre por pistoleros socialistas antes del 18 de julio de 1936. Para quien le interese conocer con más detalle esto puede consultar el libro de Cristóbal Córdoba, “De cada cuatro cayeron tres”.

Libro “De cada cuatro cayeron tres”.

El 16 de febrero de 1936 hubo nuevas elecciones en las que las derechas totalizan casi un millón de votos más que las izquierdas, pero unas semanas antes de los comicios, se formó un hipotético «Centro» que escindió a las derechas y, con el sistema de representación territorial no proporcional, el «Frente Popular» alcanzó el poder en las urnas. A partir de ahí se desató un clima de guerra civil con tiroteos entre pistoleros de todos contra todos.

Por lo que respecta a la Falange, tras la detención de José Antonio y de toda la Junta Política, el 14 de marzo de 1936, que ingresaron como presos políticos en la cárcel Modelo de Madrid, editaron clandestinamente un boletín llamado “No Importa” del que solo pudieron publicar tres números. Con la cabecera del “No Importa” se editaron entre mayo y junio de 1936 tres números del llamado “Boletín de los días de persecución”. Era la prensa clandestina de la Falange tras el triunfo de la coalición de izquierdas del Frente Popular, el 16 de febrero de 1936. En el primer número se daba el siguiente balance: «Desde el 16 de febrero han sido asesinados cuarenta camaradas de la Falange y más de cien han sido heridos, ni uno sólo de los agresores ha sido detenido ni juzgado» (“No Importa”, nº 1, 20-5-36, pág. 1). En ese primer número hay un artículo publicado en la tercera página del primer número del “No Importa” bajo el título «¿Un fascismo de Azaña y Prieto?» en el que se dice: “… el fascismo nace en la calle. Germina entre la anarquía y la democracia. Se levanta de las banderas del ideal pisoteadas por la chusma roja, se fortifica con el riego caliente de la sangre joven de los que mueren por ese ideal. Crece en la cárcel y en la persecución, bajo el rencor y el odio. El fascismo es un movimiento de generosidad, no de vanidades particulares, en el que cada individuo del haz juega toda su sangre y toda su libertad por la gloria de la Patria… No es fascista quien quiere, sino quien puede… Y el fascismo, o el nacional-socialismo, se nutren de la epopeya” («¿Un fascismo de Azaña y Prieto?», “No Importa”, N.º 1, 20-5-36).

Boletín «No importa».

En los tres números publicados del “No Importa” se llega a justificar el uso de la violencia, ante el cerco y el acoso gubernamental, como defensa legítima. Así lo hace Julio Ruiz de Alda en su artículo «Justificación de la violencia», aparecido en el segundo número del “No Importa”, de fecha 6 de junio de 1936.

El líder de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera.

En el tercer y último número del “No Importa” —20-6-1936— a toda plana, se publicó un artículo de José Antonio titulado «Vista a la derecha. Aviso a los ‘madrugadores’, la Falange no es una fuerza cipaya», en el que, tras decir que «la Falange es una e indivisible, milicia y partido», se daba el aviso para no dejarse embaucar por oscuras maquinaciones derechistas. José Antonio centraba en este artículo su preocupación en la posibilidad de que José Calvo Sotelo — el «madrugador»— fuese el beneficiario indirecto del espectacular crecimiento experimentado por la Falange en ese momento. Calvo Sotelo había radicalizado extraordinariamente su discurso y no dudaba ahora en proclamarse ‘fascista’ en pleno parlamento y en hacer públicos llamamientos a las Fuerzas Armadas para que se sublevaran contra el Gobierno. Esto irritaba sobremanera a los falangistas, que, aunque eludían asumir públicamente la condición de fascistas, no deseaban compartir su espacio doctrinal con un político al que consideraban profundamente reaccionario.

«Nunca veréis al ‘madrugador’ —escribía en ese artículo José Antonio— en los días difíciles. Jamás se arriesgará a pisar el umbral de su Patria, en tiempos de persecución, sin una inmunidad parlamentaria que le escude. Jamás saldrá a la calle con menos de tres o cuatro policías a su zaga. Su cuerpo no conocerá las cárceles ni las privaciones. Pero —eso sí— si otros, al precio de las mejores vidas —¡muertos paternos de la Falange! — logran hacer respetable una idea o una conducta, entonces el ‘madrugador’ no tendrá escrúpulo en falsificarla. Así, en nuestros días, cuando la Falange, a los tres años de esfuerzo, recoge los primeros laureles públicos —¡cuán costosamente regados con sangre! — el ‘madrugador’ saldrá diciendo: ‘¡Pero si lo que piensa la Falange es lo que yo pienso! ¡Si yo también quiero un Estado corporativo y totalitario! Incluso no tengo inconveniente en proclamarme ‘fascista’…» (“No Importa”, N.º 3, 20-6-1936, pág. 1, «Vista a la derecha. Aviso a los ‘madrugadores’, la Falange no es una fuerza cipaya»).

Se habla de la existencia de un cuarto número en preparación del boletín “No Importa” que se editaría en otra imprenta, sita en la calle Ventura Rodríguez de Madrid, que ya no pudo salir por el desenlace de los acontecimientos. Los falangistas acudieron al Cuartel de la Montaña el 19 de julio de 1936 para unirse a la sublevación donde se inmoló la Falange de Madrid.

Milicianos y civiles por las calles de Madrid tras la toma del Cuartel de la Montaña (20 de julio de 1936).

Por lo que respecta a Ramiro Ledesma, tras su ruptura con Falange en enero de 1935, había sacado un semanario llamado “Nuestra Revolución” del que solo pudo salir el primer número con fecha 11 de julio de 1936. En el mismo se puede leer cuál era su consigna: “Por la continuidad de nuestra nación. Por los intereses de todo el pueblo y contra sus enemigos”.

En ese semanario, la vindicación colonial para la recuperación por España de un puesto preeminente en la política internacional está muy lejos de la nostálgica retórica imperialista de antaño y más próxima en cambio a los planteamientos que pocos años después plasmarían JM Areilza y FM Castiella en su libro “Reivindicaciones de España”, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1941. En este semanario se dedica también —como ya hiciera cinco años antes en “La Conquista del Estado” en 1931— una gran atención a la CNT en el extenso artículo titulado “Las fuerzas motrices de la transformación española: la CNT”, de la que se destaca como algo encomiable el pretendido apoliticismo de la organización obrera.

Ramiro Ledesma Ramos.

Acertado el pronóstico de la fulminación de la central obrera en caso de colaborar con las organizaciones marxistas, confundió, sin embargo, Ledesma sus anhelos con las intenciones de los dirigentes cenetistas, para quienes sería muy sencillo contribuir «con éxito a que los proletarios descubran un rumbo nacional nuevo». Repite así Ledesma una táctica que ya pretendiera en sus primeros pasos políticos en 1931, pero el tiempo ya era otro. Si en 1931 aún el primigenio sindicalismo revolucionario español contaba con voces autorizadas en la CNT, un lustro más tarde, en 1936, esta organización estaba absolutamente controlada por los anarquistas radicales de la FAI, pese a la pretendida reincorporación de los sectores sindicalistas afines al “treintismo”. Lo que acaso pudiera interpretarse como un giro de la organización sindical hacia posiciones más políticas no encajaba —sin embargo— con las propuestas de Ledesma, quizá en exceso sorprendido por los enfrentamientos armados con los que resolvieron cenetistas y ugetistas sus diferencias durante la huelga general de la construcción que acababa de producirse en aquel momento. Cuando Ledesma creía encontrar en la actuación de la CNT elementos sobre los que aupar una nueva concepción política, esta central se limitaba a ganar posiciones ante la inevitable represión que sobre ella se cernía si el control gubernamental recaía en manos de los sectores más afines a la Komintern, en una actitud meramente defensiva.

La noche del 13 de julio de 1936 sucedió un caso insólito en la historia de las tan alabadas democracias occidentales: En Madrid, agentes del Gobierno legal, uniformados, un comando policial socialista, sacaron de la cama al entonces líder de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo, le pegaron un tiro en la nuca y le arrojaron a una cuneta junto al cementerio de la Almudena. Tras el asesinato de José Calvo Sotelo, al enterarse Ramiro Ledesma, manifestó: «Hay que dejar la pluma y tomar las armas, cambiar la teoría por la acción.» Días después, el 18 de julio de 1936 estallaba la guerra civil española. A pesar de todo lo cual, la gran prensa hizo creer a los mal informados ciudadanos de la Europa occidental —y no digamos ya de la U.R.S.S.— que la revuelta del 17 de julio de 1936 había interrumpido un idílico sueño de paz en que se hallaba sumido el viejo pueblo español.

Atentado contra José Calvo Sotelo.

Ya empezada la guerra, es muy conocido el caso lamentable de Federico García Lorca, quien tras estar protegido en casa de los falangistas hermanos Rosales en Granada, fue asesinado en Granada en agosto de 1936 tras la denuncia del diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso. Pero también es necesario decir que, para Ramiro Ledesma, Ramiro de Maeztu, Pedro Muñoz Seca o Víctor Pradera, no hubo ningún comunista que los protegiera en su casa contra los asesinos, contra los tribunales del propio gobierno del Frente Popular.

Federico García Lorca.

Salvo contadas excepciones, el ejército español se enfrentó al Gobierno. Éste cuenta con las unidades paramilitares socialistas, con los anarquistas y con el control de las grandes ciudades. La Junta de Generales eligió como Caudillo al más joven de entre ellos, Francisco Franco. Treinta y dos meses de tremenda guerra prólogo de la Segunda Guerra Mundial, que seguirá cinco meses después de acabada la guerra de España. Objetivamente hablando, la sustitución de una guerra civil intermitente y mitigada por una guerra civil continua y virulenta, el redoblamiento súbito del incendio español iba a servir los designios de Stalin.

Un joven Francisco Franco.

La URSS, toda la llamada «intelligentsia» mundial, que es la turbina que agita la cloaca izquierdosa desde los comunistas hasta los anarquistas pasando por todos los lunáticos de Europa y América, y la Francia del «Front Populaire», se volcaron en la ayuda —religiosamente cobrada— al Gobierno de Madrid. Alemania e Italia, convencidas de que en caso de derrota de los «nacionales», aquel será fatalmente desbordado por los marxistas, con los comunistas a la cabeza, ayudaron a Franco. Pero, más que la «Legión Condor» y los «voluntarios» italianos, lo que cuenta, para Franco, es el hecho del respaldo Italo-alemán. Sin él, la intervención francosoviética en España hubiera sido, aún, más declarada de lo que fue. Inglaterra, tibiamente pro-gubernamental, siguió su vieja táctica del “wait and see” (esperar y ver). Al final, los «republicanos», los «rojos», los «gubernamentales» o como quiera llamárseles, fueron derrotados. Pero un hecho es innegable si se quiere tener un mínimo de decencia intelectual. Si el gobierno alemán no actúa, forzando prácticamente la creación del «Comité de No Intervención», los «nacionales» no ganan la guerra. Sin la presión diplomática de Hitler y de Mussolini, Francia y Rusia intervienen directamente. Es inútil negarlo. Y si intervienen, Franco no gana la guerra. Pretender lo contrario es pura idiotez.

Sin duda, Stalin se veía en ese momento amenazado con perder un foco de bolchevización local, pero durante todo el tiempo de la guerra civil podría atizar el antagonismo de las llamadas naciones democráticas contra las fascistas y, singularmente, el antagonismo franco-alemán. No hay que olvidar, en efecto, que si una nueva guerra europea generalizada era el gran objetivo del Kremlin (toda vez que la U.R.S.S. guardará sus fuerzas intactas en la neutralidad, para explotar a su favor la situación revolucionaria creada al término de las hostilidades) existe, todavía, otro objetivo inmediato en los planes de la Komintern, objetivo que se entrecruza, por otra parte, con aquel. Ese objetivo fue definido por Dimitroff ante el VII Congreso Mundial comunista: desviar hacia Francia la amenaza alemana que se cierne sobre la U.R.S.S. El advenimiento del Frente Popular en Francia creaba un clima excepcionalmente favorable a la realización de los designios soviéticos. El 4 de junio de 1936, el multimillonario socialista hebreo Léon Blum Karfulkstein formó este gobierno de Frente Popular en Francia: Veintinueve judíos jefes, subjefes y adjuntos de gabinete le escoltaban en ese gobierno.

Dimitroff ante el VII Congreso Mundial comunista.

Stalin no tendrá grandes inconvenientes en persuadir no solamente a la extrema izquierda francesa, sino incluso a los xenófobos girondinos del centro y centroderecha de que la guerra de España puede ser una revancha del fracaso de las sanciones tomadas contra la Italia fascista, por lo que la derrota del «fascista» Franco sería la derrota del nazi-fascismo, y una victoria de los gubernamentales en España, conseguida gracias a la ayuda francesa, intimidaría a Hitler y le disuadiría de su proyectado ataque contra Francia. Por otra parte, la anarquía que los comunistas y sus compañeros de viaje van a crear —con sus huelgas y su demagogia— debilitará terriblemente a Francia. Ese debilitamiento irá acompañado de un rosario de incontinencias verbales anti-alemanas. El diabólico plan estaliniano se dibujaba así claramente: excitar a Francia contra Alemania; tentar a ésta con la disminución sistemática del potencial bélico francés; provocar a Hitler y a Mussolini, tarea que realizarán, conscientemente o no, pero con perfección absoluta, comunistas y socialdemócratas desde Francia y, en menor grado, desde Inglaterra y Checoslovaquia. El resultado lógico de todas estas maniobras debía ser la ansiada guerra entre democracias y fascismos. Una guerra que, si por una parte liberaría a Stalin del mayor de sus temores, la Wehrmacht, por otra abriría el camino a la revolución europea. Y aunque la victoria final de fuerzas de tan dispares procedencias como las que forman el bando nacional representará, evidentemente un paso atrás para el comunismo internacional, éste habrá conseguido su mayor y primordial objetivo: hacer imposible todo entendimiento pacifico entre los dos grandes bloques europeos. De otra parte, España deberá pagar un terrible precio por su guerra civil. Más de un millón de muertos; un cuarto de millón de emigrados; la economía nacional deshecha y, como remate de los crímenes del marxismo, el pillaje organizado del Tesoro del Banco de España enviado a Odessa el 25 de octubre de 1936. Según el embajador Marcelino Pascua, fueron enviadas a Rusia 7.800 cajas llenas de oro amonedado y en lingotes, con un peso neto de 510.079 kilos. En este robo —el mayor robo del siglo— participaron exclusivamente personajes judíos, desde Juan Negrin, entonces ministro de Hacienda de la República española, hasta los funcionarios soviéticos que intervinieron en el asunto: Grinko, ministro de Hacienda de la U.R.S.S.; Margulies y Kagan, director y subdirector del Grossbank, y Martinsohn, viceministro de Finanzas.

Cámara acorazada del Banco de España.

Dos factores influyeron, con signo distinto, en el desarrollo y resultado final de la guerra de España: el apoyo franco-soviético a través de las Brigadas Internacionales, que encaminaron hacia la península Ibérica a toda la cloaca social de Europa y hasta del Nuevo Continente, y la resuelta actitud de Alemania e Italia, que impidieron una ayuda demasiado descarada por parte de Francia, mientras ayudaron, con el CTV italiano y la Legion «Cóndor» alemana, a la victoria de Franco. La República española había reconocido diplomáticamente a la Unión Soviética, enviando como embajador en Moscú a Marcelino Pascua, del PSOE, mientras el Kremlin enviaba a España a dos embajadores de primerísimo rango: Rossenberg, en Madrid y Antonow-Owssenko a la Generalitat de Cataluña. Tanto Rosenberg como Antonow eran judíos, al igual que Ilya Ehrenburg y Bela Kuhn, que dirigían la propaganda radiada en la zona roja. En las célebres Brigadas Internacionales los judíos eran legión. Según dijo Joaquín Palacios Armiñán en la revista “En Pie”, Madrid, abril 1963, vinieron a España no menos de 35.000 hebreos en las Brigadas Internacionales, de los que 7.000 perdieron la vida y otros 15.000 resultaron heridos. El porcentaje de judíos entre los dirigentes de las Brigadas Internacionales era elevadísimo. Mencionemos, entre otros, a Lazar Fekete, alias “General Kléber”, que inició su carrera bolchevique participando en el asesinato de la familia imperial rusa; Zálka Matéi, alias “Ggeneral Lukasz”, Wolff, Hans Beimler, Karol Swyerczewsky, alias “General Walter”, posteriormente ministro del Interior en la Polonia comunistizada; George Montague Nathan, un millonario procomunista de Inglaterra; Goldstein, Rosenstein, Joe Loew; el llamado «Carnicero de Albacete», André Marty; Ernst y Otto Fischer, Kurt y Hans Freud, Paul Vaillant-Couturier, Grigorievitch, alias “General Stern”, etc.

La derrota del marxismo en tierras ibéricas impidió la total realización de los planes stalinianos, si bien el objetivo primordial de Stalin, abrir un abismo insalvable entre las democracias y los fascismos, se había logrado con creces.

Voluntarios en la Puerta del Sol de Madrid en Julio del 36.

Por lo que respecta al régimen del 18 de julio, el régimen de Franco, tuvo sus pros y sus contras, pero desde el Decreto de Unificación de las “fuerzas nacionales” de abril de 1937,  lo que se ha conocido como “francofalangismo” no fue otra cosa que la negación del nacionalsindicalismo, con una usurpación de sus símbolos y lemas, pero con un contenido cualitativamente muy diferente, posibilista y oportunista, que pasó de elogiar las victorias del Eje y el efusivo saludo a Hitler en Hendaya en 1940 a las bases militares norteamericanas en España en 1953 y al abrazo de Franco a Eisenhower en 1959.

Eduardo Núñez

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