Las personas más raras del mundo. Cómo Occidente llegó a ser psicológicamente peculiar y particularmente próspero, de Joseph Henrich (Recomendación literaria)

Las personas más raras del mundo. Cómo Occidente llegó a ser psicológicamente peculiar y particularmente próspero, de Joseph Henrich (Capitán Swing, Madrid, 2022)

Joseph Henrich, profesor en la Universidad de Harvard, antropólogo e ingeniero aeroespacial, aplica métodos propios de la psicología social y de la teoría de juegos para analizar los procesos de evolución de la cooperación humana, aunando antropología y economía. En su obra estudia cómo la ampliación de las relaciones de parentesco favoreció iniciativas de supervivencia más exitosas.

Hace aproximadamente 130.000 años, las grandes oscilaciones de temperatura en breves intervalos de tiempo, junto con la escasez de dióxido de carbono (CO₂), impidieron el desarrollo de las plantas y su domesticación. A partir del final de la última gran glaciación, hace unos 20.000 años, el clima comenzó a calentarse, en parte debido a cambios “cíclicos en la órbita terrestre” (p. 157). Desde entonces, los vegetales comestibles y productivos empezaron a desarrollarse de manera mucho más favorable. El surgimiento de la agricultura estaba próximo, lo que propició una organización social más sólida y estable, orientada a defender las fuentes de alimento, tanto animales como vegetales, de cada grupo humano.

El llamado “pensamiento salvaje”, estudiado oportunamente por Claude Lévi-Strauss, se manifiesta especialmente en los contextos propios de pueblos dispersos y no occidentalizados. Según Henrich, los occidentales —educados, industrializados, ricos y democráticos— tienden a estar muy centrados en sí mismos, aunque intenten mostrar otra imagen: son reacios a conformarse con el grupo, pacientes, confiados, analíticos y obsesionados con la intencionalidad. Todo ello no es sino una muestra de hasta qué punto estos grupos humanos son psicológicamente inusuales desde una perspectiva mundial e histórica. Los europeos somos la excepción, no la norma.

Joseph Henrich.

La sobrevaloración de las posesiones materiales sería otro rasgo del occidental desarrollado, junto a la exaltación del talento individual y una acusada ansia de libertad. A mi juicio, el autor diferencia en exceso la psicología humana de la psicología cultural, cuando esta última no deja de ser un desarrollo y engranaje de la primera: la actualización de una potencialidad compartida. El aprendizaje cultural modela neuronalmente nuestras preferencias, desde la gastronomía hasta la estética.

Henrich llega a afirmar (p. 220) que en una sociedad cohesionada por creencias religiosas firmes “la economía de un país crecerá un 10 % más durante la década siguiente”. La creencia en la retribución divina de las acciones humanas favorecería, según el autor, este proceso.

Las leyes matrimoniales impulsadas progresivamente por el cristianismo —Henrich cita a Agustín de Canterbury— pusieron límites a la poligamia limitada del paganismo occidental, a las redes tribales, clanes, casas y linajes, al predominio patrilineal y a la propiedad colectiva severa; en definitiva, al parentesco cerrado (p. 248). El matrimonio dejaba de ser una fuente de poder patriarcal exclusivo. Un matrimonio más abierto no enriquecía a un único grupo de parentesco (p. 253).

El señorío no se fundamentaba exclusivamente en el parentesco cerrado ni en el esclavismo. Los campesinos participaban en intercambios económicos tanto con grupos latifundistas como con otros campesinos, un hecho ya analizado por Claudio Sánchez-Albornoz en su obra En torno a la libertad humana en Castilla hace mil años.

La lenta pero efectiva imposición del matrimonio monógamo cristiano habría generado efectos estadísticamente comprobables: varones menos competitivos, menos impulsivos y menos propensos al riesgo, favoreciendo al mismo tiempo una mentalidad de suma positiva y una mayor disposición a cooperar con extraños. Ceteris paribus, esto debería dar lugar a organizaciones más armoniosas y a una reducción comparativa de la delincuencia y del desorden social (p. 401).

El matrimonio monógamo también influye en la inversión parental, los conflictos domésticos y la organización familiar, mejorando la seguridad y la salud de bebés y niños en comparación con sistemas poligínicos, según Henrich, Boyd y Richerson (2012). La imposición de leyes matrimoniales homogéneas habría sido, además, “un germen muy anterior de los primeros brotes de la democracia, las asambleas representativas, las constituciones y el crecimiento económico de Europa”. Los gremios profesionales anticiparon las futuras comisiones parlamentarias e incluso el sindicalismo.

La transformación de Europa a través del comercio fomentó la solidaridad entre los hombres y la reconducción de sus pasiones. La soberbia se transformaría en un “espíritu flexible, atento y servicial” (Traité général du commerce, Samuel Ricard). Los fueros y derechos de diversas sociedades, ciudades y reinos anticiparon algunos de los derechos humanos actualmente consagrados por la ONU.

El mérito de Europa ha sido su ecumenismo intelectual, al asumir tradiciones asirias, griegas, romanas, egipcias y musulmanas. Algunos elementos culturales hindúes llegaron a Occidente a través del pensamiento islámico. Sin embargo, en el ámbito económico, Marx consideró que la India se caracterizaba por un “estancamiento de una economía natural frente al desarrollo occidental y en oposición a una economía mercantil” (Louis Dumont, La civilización india y nosotros, p. 47).

Esa capacidad occidental de aceptar y analizar conceptualmente todo legado cultural es lo que le ha otorgado fertilidad y un desarrollo científico extraordinario. La astronomía musulmana, por ejemplo, con Ibn al-Shatir de Damasco, planteó un modelo matemático muy similar al de Copérnico. No obstante, este último lo superó al implantar el modelo heliocéntrico, que Kepler perfeccionaría posteriormente al proponer órbitas elípticas basadas en observaciones coherentes. Kepler creyó haber descubierto leyes con las que Dios habría dotado al cosmos.

Portada del libro.

La ciencia europea fue de la mano de la teoría del conocimiento de Aristóteles, de Santo Tomás o de Francis Bacon. Como señala Salomon Bochner en El papel de la matemática en el desarrollo de la ciencia (p. 83), Thomas Kuhn observó que en la época de Ampère y Faraday la organización de la investigación científica era mucho menos formal en Gran Bretaña que en Francia, y que las diferencias de temperamento entre ambos científicos se vieron acentuadas por sus respectivos contextos nacionales.

Ni siquiera los nacionalismos europeos lograron derribar el carácter monárquico y universal del saber humano, siempre sediento de conocimiento, tanto como necesidad como satisfacción. En un mundo de contrapropuestas y respuestas diversas en la búsqueda del saber, “nuestro mundo seguirá cambiando nuestras capacidades cognitivas incluso a nivel genético, reordenando las relaciones personales y las pautas matrimoniales” (p. 688). Sin embargo, el hombre europeo seguirá siendo una minoría frente al conjunto de la población mundial, con todas sus “rarezas”, para bien y para mal.

Luis Fernando Torres Vicente
Zaragoza

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