La pérdida de conciencia de identidad de los pueblos

Es un gran error pensar que los que tienen conciencia de la identidad étnica de un pueblo defienden un materialismo biológico porque la sangre va unida al espíritu.

La actual realidad política y geopolítica de Europa muestra de forma palpable una decadencia atribuible justamente a la pérdida de la raíz fundamental de nuestro ser. Y ahí es donde toma importancia la identidad racial ya que la raza es un hecho biológico objetivo que no existe sin su concreción en lo viviente. Consecuentemente, la situación política actual de Europa, sus opciones políticas en el marco de los Estados actuales, los retos a los que está sometida, sus condicionantes geopolíticos o los que trascienden la geopolítica, no es algo ajeno a la identidad de los pueblos de Europa sino aspectos de su lucha por su existencia y por su potencia. Nuestra estirpe es portadora de una concepción del mundo que debe llegar al pueblo, y no quedarse en unos cuantos intelectuales, como sucede con el arte contemporáneo en manos de marchantes.

El siglo XXI está marcado por el enfrentamiento entre el pensamiento único de la globalización y la defensa de las diferencias y las identidades en un mundo multipolar. La resistencia a la hegemonía mundialista sólo vendrá de los que sean conscientes de su “más larga memoria” como señaló Nietzsche. Y la de España y de los pueblos que la componen sólo puede entenderse en virtud de su pertenencia –por su origen y por su futuro- a Europa, que es nuestra “gran unidad de destino en lo universal”. En el caso de España parece que la identidad de nuestros pueblos sea una cuestión permanentemente abierta. Cuestionada por unos, falsificada por otros, reducida a estrechos modelos y patrones por los de más allá, su nombre evoca cosas muy distintas y a veces contradictoras. Se hace necesario por ello pararse a reflexionar y preguntarse ¿Qué es España? ¿Cómo se ha formado? ¿Qué pasado común esconde? Y sobre todo: ¿Qué futuro tiene en el mundo globalizado del siglo XXI? Y es que gran parte de los errores sobre lo «español» vienen de la ignorancia y la confusión sobre su más primigenia herencia. España es ante todo, un pedazo de Europa, el nombre que nuestro continente y nuestra civilización adquiere en la Península Ibérica (lo mismo cabe decir para Portugal). Y lo es así desde la noche de los tiempos. No, Spain is not different, como gustaba repetir a los falsificadores de nuestra identidad. España es Europa, y tiene un proceso de etnogénesis paralelo al del resto de países de Europa occidental, donde el elemento céltico es el catalizador y formador de la personalidad hispánica. En este marco es donde hay que situar a la llamada «cultura ibérica», tantas veces usada como argumento «separatista» frente a Europa. 

En nuestra historia fue de una trascendental importancia la derrota carlista en las tres guerras carlistas del siglo XIX, lo que conllevó el triunfo de los liberales, y el fin de una España que hasta entonces había integrado armónicamente sus peculiaridades. Esa mentalidad liberal y centralista fue la que caló en amplias capas de las instituciones, y entre ellas en el ejército español, en los militares africanistas y en el franquismo. Y perdura hoy. En este momento, recuperar la conciencia de nuestra identidad, implica ser conscientes de que la europeidad de España existe desde el momento de su formación, que la idea de Reconquista del reino visigodo de Toledo fue el elemento creador del concepto político de España, y ser conscientes también de cual es la identidad española, lo que supone la crítica a la idea reduccionista, centralista y uniformadora de España que ha provocado tres siglos de tensión interna y que sólo su superación y rectificación podrá asegurar la existencia de España como unidad en un futuro próximo. Un futuro en el que ya no cabe pensar como en el pasado con los esquemas de Estado-nación sino que será necesario repensar de una forma continental. Y, por otro lado, es fundamental entender y asumir que cuando hablamos de identidad, nos referimos a la identidad étnica, que identifica a una concepción del mundo, una mentalidad y una cultura, es decir, algo que no interesa a los políticos, ni menos aún a la finanza de la que dependen todos los políticos en todas las democracias. Normal que en una sociedad esclavizada al consumo, la cultura no interese, y los pueblos pierden conciencia de su identidad étnica. Así, las modernas ciudades no son sino hacinamientos de esclavos al interés del dinero, a la banca, a la finanza, a la constante necesidad de consumir y a la exigencia de producir más para consumir más donde los individuos solo piensan en enriquecerse y en la comercialización de los instintos más animales del hombre, pero que no se sienten ya miembros de una comunidad viva, de su pueblo.

La vieja Europa se desvanece.

Por cultura debe entenderse el conjunto de conocimientos, de ideas, de logros, y de concepciones que un pueblo alberga, por lo que es algo vivo, por lo que no es solo un pasado sino la sensibilidad, los conocimientos y las inquietudes del momento, y de cada instante extendido a todo un pueblo, por lo que la cultura así entendida es algo tan vivo como los hombres que la sustentan, y que la practican. En nuestro caso, Europa, en nuestra concepción, posee una vasta cultura que tras mucho tiempo marcando la pauta en el mundo, hoy se encuentra en una profunda decadencia como consecuencia del igualitarismo y de los antivalores del sistema. Por ello, toda esa cultura que los pueblos europeos han ido elaborando a lo largo de siglos, es y será un cadáver ambulante si las próximas generaciones no la transforman haciendo de ella un ente vivo y humano. La cultura europea se asienta en una concepción del mundo basada en unos valores comunes a todas sus grandes personalidades: Shakespeare, Calderón, Goethe, Tolstoi, Balzac, etc., pero todos ellos no pueden considerarse una cultura viva más que en unos pueblos para los que esos nombres no sean solo letra muerta en libros de texto sino mientras sus obras sigan siendo leídas, recordadas y sentidas como algo vivo y real, como algo propio, pues no podemos esperar que esa sensibilidad de la inmigración extraeuropea asentada en Europa. Pero si Europa no siente como viva y con conciencia propia esa vasta cultura que ha creado cada uno de sus pueblos, entonces no será capaz de imprimir carácter a su existencia en el mundo.

La historia del arte y la propia de historia de España deja muy claro que España es Europa, pero la decadencia de Occidente está poniendo ya a nuestra identidad étnica y cultural en un momento crítico, pues el genocidio al que nos enfrentamos por sustitución demográfica no garantiza que después siga existiendo nuestra civilización.

La decadencia es, por tanto, hoy, nuestro enemigo principal. 

Eduardo Núñez

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