Desde hace meses el nombre de Ilia Topuria resuena con fuerza en la cabeza del común de la población. Incluso a día de hoy, que parecen ser cada vez menos sus altavoces mediáticos, el luchador hispanogeorgiano sigue en boca de propios y extraños.
En febrero de 2024 Topuria se convertía en el nuevo campeón mundial de la UFC pasando así a ser el nuevo referente de moda entre los jóvenes. Un hecho que no debería suponer nada extraño por sí mismo, pues según conveniencias la prensa deportiva siempre ha jugado a su antojo con las distintas figuras dentro del escaparate mediático. Sin embargo, cualquier ojo crítico puede constatar que el caso Topuria no es un eslabón más dentro de ese fenómeno recurrente, pues rompe con ciertas tendencias comunes a él.
Para empezar, el luchador se ha encumbrado campeón dentro de una disciplina deportiva (las artes marciales) que históricamente han tenido escasa aceptación en medios, hasta el punto de que diarios como El País especifiquen dentro de su línea editorial, por ejemplo, la censura de todo lo relacionado con el boxeo por su carácter violento pese a mantener, paradójicamente y desde hace décadas, una sección particular referente a la tauromaquia.
Afortunadamente y para revertir esta situación, a los medios de comunicación convencionales les ha surgido nueva competencia desde plataformas alternativas que, careciendo en su mayoría de periodistas renombrados, atienden todo tipo de contenidos mediante formatos accesibles y adaptados a los requerimientos de los jóvenes actuales. Y desde ahí se ha dado voz al luchador hispanogeorgiano de forma irreparable.

De esta manera se colocaba en el tablero del sistema una figura que, ya simplemente a nivel deportivo, representaba valores peligrosos para esta sociedad pusilánime y que parecía más predispuesta a golpear desde videoconsolas que octágonos. Si a eso le sumamos el discurso con el que Topuria acompañaba cada una de sus entrevistas en esos medios alternativos tenemos un coctel explosivo por el cual pasa de ser el campeón deportivo del momento, con el que la prensa se habría sentido cómoda, a un referente social persistente, que a la vez actúa como catalizador de conciencias.
El mensaje que Ilia trata de transmitir se apoya en dos pilares absolutamente antagónicos al discurso hegemónico de la postmodernidad: estos son la disciplina y la fe. Disciplina a través de un esfuerzo desmedido en cada uno de sus entrenamientos, así como una dieta totalmente espartana que, lógicamente, no casa con el discurso conformista y pro-gordofobia que se nos trata de imponer. Y fe en que, una vez se ha entregado tanto esfuerzo y sacrificio como es posible, queda en manos de un poder superior otorgar o no aquello por lo que se lucha y, en caso de no ser esto concedido, siempre será porque algo mejor espera. Actitud absolutamente estoica y antimaterialista que choca con los comportamientos cobardes y nihilistas de una sociedad que encuentra la solución a todas sus frustraciones en las drogas y el psicólogo.

Vista esta situación, cualquier mente despierta podría intuir que el fenómeno Topuria tiene sus días contados pues referentes de esta índole no interesan y, por tanto, solo cabe con él la aplicación de cualquiera de los siguientes atropellos:
La primera opción y la más interesante para el sistema sería corromper desde dentro al propio Ilia. Una posibilidad compleja pues, a priori, los valores que trasmite el luchador parecen totalmente interiorizados en él. Sin embargo, es imposible negar que a la UFC le envuelva un halo de superficialidad del que raramente escapan unos peleadores tendentes, en su mayoría, a cierta fanfarronería antideportiva. Hasta la fecha, Ilia ha conservado sus Aston Martín sin necesidad de renunciar a los valores por el camino, pero desde luego que pese a beber este de las bases del estoicismo, no es ninguna figura ascética que garantice su absoluta integridad.
La segunda opción, mucho más probable, es que en caso de mantenerse Ilia fiel a sus principios el sistema le retire progresivamente los altavoces mediáticos que, única y exclusivamente, se le han prestado hasta ahora por sus méritos deportivos, a la vez que los medios alternativos encuentren de mayor interés cualquier otra figura de moda emergente. De este modo se relegaría a Ilia a figura para el recuerdo, pero alcanzado por el camino la inmortalidad que únicamente logran aquellas vidas dignas de ser vividas.

Sea como sea, tenemos que entender la irrupción del fenómeno Topuria como un éxito y una señal que constata lo poco que hace falta para revivir los auténticos valores en aquellos espíritus que hoy parecen muertos. El mundo sigue falto de auténticos ejemplos y en nuestra mano está, no solo difundirlos sino encarnarlos.
Alberto Bayón
