URDA, LO QUE NO TE CONTARON, por Guillermo Fernández González

Existen momentos en la vida que, mirados en retrospectiva, cobran significados que pueden llevar a que la explicación técnica del accidente de Urda se quede en un segundo plano.

Son esas metáforas crueles que nos muestra el destino; en esta ocasión esto no ha sido una excepción y lo que ha sido una gran tragedia humana ha sido también las consecuencias que pueden acarrear ciertas ideas que fueron introducidas en Europa de raíz semita y que han cegado y obcecado de tal forma a la clase política que se ha hecho bueno aquello de «cuídate de que los árboles no te impidan ver el bosque».

Y digo esto porque para nadie era desconocido que este gobierno en especial, con la complicidad del compañero de alternancia, optó por extrapolar a todos los ámbitos de la vida pública la tiranía de los «ismos»: antirracismo, feminismo, antiedadismos, anticapacitismo, antifascismo, cosmopolitismo..

Todos estos ismos, extendidos desde el municipal al autonómico, hasta el estatal (cursos, estudios de género, campañas, implementación de protocolos), el negocio de la abstracción más absurda en busca de la edad de oro igualitarista, iba adquiriendo velocidad a marchas forzadas, acelerando sin control ni criterio.

ADIF no fue una excepción: se «purgó» a los directivos de la compañía para poner clientela «políticamente afín» y, por supuesto, todos los protocolos LGTBI, feminista y demás fueron implementados (con su inversión correspondiente).

Estaba en marcha la tragedia: las abstracciones igualitaristas tienen un peligroso componente enajenante. Se dice que Robespierre, en una de sus últimas apariciones antes de ser guillotinado, llegó a presentarse con una toga proclamando que él era el sacerdote de la Diosa Razón.

Este componente alienante parece ser que con los años no ha remitido; de hecho, en las infraestructuras ferroviarias se convirtió fatídicamente en un juego de «suma cero»: todo lo que se invertía en «ayuda exterior» se había de restar de alguna otra partida presupuestaria y, demasiado habitualmente, era esa partida infraestructuras.

La abstracción, el síndrome de la edad de oro, el buen salvaje de Rousseau, había ganado la partida a la realidad cotidiana y técnica; las consecuencias no tardarían en manifestarse en la peor de las formas posibles.

Personal de emergencias en el lugar del accidente.

Aún así, cabe decir que el destino quiso dar varios avisos: caídas del sistema LZB de seguridad que no se tradujeron en pérdidas humanas, incidencias y otras alertas; quizás fueron oportunidades del destino para que los políticos saliesen de su alienación «woke».

Desgraciadamente, esto no surtió efecto y las víctimas de Adamuz fueron el primer aviso serio de que «algo fallaba». Se determinó que la causa de este primer accidente fue la infrafinanciación y el mal mantenimiento; los maquinistas advirtieron y el gobierno se dio aparentemente por enterado. La tragedia de Adamuz dio paso a las promesas, a aparentes revisiones que hacían «segurísima» la alta velocidad.

¿HUBO PROPÓSITO DE ENMIENDA SERIO TRAS ADAMUZ?

Muy probablemente no: la clientela política de lobbies LGTBI, feminista, antirracista, antifascista y demás ya era demasiado fuerte; además, el poder suele viciar al que lo ejerce de arrogancia e impunidad.

Esta sería seguramente la última vez que lo de Urda se hubiera podido evitar. Surgió simbólicamente el dilema anteriormente expuesto: dos trenes surgieron. ¿El tren de las ideas abstractas igualitaristas? ¿O el tren de la técnica? Óscar Puente y el gobierno eligieron el primero; la tragedia era cuestión de tiempo que aconteciera.

28 DE OCTUBRE DE 2026

El sistema de seguridad LZB cae; el tren Iryo y, en el AVE (nuevo modelo surgido de la privatización), queda parado; el BSL también falla junto al Aspas.

Mientras tanto, el tren insignia «El AVE», el cual antaño representó la supuesta mal llamada modernidad, la alta velocidad, «el supuesto y tan cacareado avance», la rapidez y buena parte de los ismos anteriormente mencionados, recibe la orden de seguir adelante.

La tragedia está al llegar: el AVE, a más de 200 km/h, cual voluntad ciega de seguir en un supuesto progreso ciego, ignorante al mismo propósito ferroviario, choca con el Iryo detenido en la vía, víctima de todos los fallos de infrafinanciación, la misma manifestación de la técnica contra lo abstracto e igualitarista.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa tras el accidente.

El choque entre trenes será la perfecta metáfora de unos políticos, estudiantes, empresarios y banqueros que, alienados por el «síndrome de la edad de oro», mediante el liberalismo progresista y otras aberraciones, llegaron a una soberbia tal que se creyeron poco menos que titanes.

Por desgracia, para ellos les devolvió a la realidad: el feminismo no podía rescatar víctimas del amasijo de hierros del choque; su antirracismo no consolaba a las familias que perdieron a sus seres queridos y su obsesión LGTBI no pudo evitar este golpe de realidad que los puso ante un espejo.

Este espejo no solo refleja su ruindad, su soberbia, su clientelismo, el uso corrupto de sus pretensiones de ingenieros sociales, sino el recuerdo de sus obligaciones; es quizás por ella que la vergüenza de sí mismos les impide a estas horas asumir responsabilidades políticas.

Guillermo Fernández González 

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