El concepto de Comunidad Popular es la plasmación práctica del nacionalsocialismo. Esta agrupa, a través de las instituciones naturales del hombre (familia, vecindario, municipio), a un conjunto étnico-racial de individuos que, en pos de un bien común, renuncian a sus egoísmos; una comunidad en la que, por encima de la cantidad, prevalece la calidad y en la que el arte es la más elevada expresión del pueblo.
Además de su dimensión puramente conceptual, la Comunidad Popular es una eficaz herramienta de análisis de nuestro entorno, ya que prácticamente todos los problemas vienen, o bien por exceso, o bien por déficit, de alguno de los aspectos anteriormente comentados.
Tras haber establecido este pequeño marco conceptual, es cuando debemos abordar el autodenominado «problema» de los individuos de altas capacidades. Y digo «autodenominado» porque, por desgracia, la sociedad en la que vivimos hace de lo que debería ser una bendición de la naturaleza un agravio para la masa borreguil, que solo aspira a tres cosas: consumir a corto, medio y largo plazo.
Y es que el sistema no puede soportar la genialidad, ya que esta puede poner de manifiesto la mediocridad inherente a este, una mediocridad basada en premiar al individuo por el simple hecho de satisfacer las necesidades de un ente etéreo llamado mercado, sin moral ni ética.
En consecuencia, en vez de elogiar y poner como ejemplo a los individuos de altas capacidades, lo que hace es, o bien devaluar su conocimiento, inventando las más variopintas categorías de supuestas inteligencias; o bien ignorar la naturaleza excepcional de dichas personas; o bien premiar con glorias y laureles a aquellos que satisfacen mejor la demanda del mercado capitalista, independientemente de si aquello que produce el lucro perjudica al conjunto de la sociedad, como ocurre con las drogas o la telebasura.

Como prueba de este trato enormemente injusto, tenemos múltiples casos en los que la persona de altas capacidades se ve discriminada y relegada por una sociedad que no acepta que debe precisamente adaptarse a las altas capacidades y no viceversa. A pesar de que, después, el sistema se llene la boca de conceptos grandilocuentes como «interés general» o «meritocracia», esta doble moral no hace otra cosa que exponer más claramente su hipocresía.
Actualmente, en defensa de la masa borreguil, toda falacia y pseudoargumento es válido, desde culpar a la naturaleza de no ser igualitaria ni democrática hasta retorcer la lógica y crear, por envidia, categorías morales que intenten eclipsar la genialidad con la que la naturaleza ha bendecido a un individuo. El individuo de altas capacidades, justamente tratado, contribuiría con su talento a la mejora de la Comunidad Popular, la cual reconocería merecidamente su genialidad, con independencia de la ley de la oferta y la demanda del momento.
Además del principio de la cosmovisión NS, en el que la calidad es más importante que la cantidad, en estos casos debemos resaltar más que nunca el principio fundamental de nuestro socialismo, en el que el individuo aprende a aceptar con total naturalidad la desigualdad inherente a la naturaleza y, en consecuencia, sacrifica conscientemente toda envidia y egoísmo en aras del provecho comunitario. Este puede manifestarse desde los prodigios técnico-tecnológicos hasta las formas más elevadas de expresión artística.

Finalmente, como hemos mantenido en el marco conceptual del principio de este artículo, la sociedad actual es casi la perfecta antítesis del concepto de Comunidad Popular NS, y esto lo concluimos por las siguientes razones:
1. Se premia la decadencia artística en vez de la genialidad.
2. Se favorece la envidia de la masa, dando incluso naturaleza legal a este gran vicio.
3. Se estimula el individualismo más antisocialista y se estigmatiza todo tipo de vínculo comunitario.
4. Se destruye todo tipo de arraigo étnico-racial.
5. Se pervierte sistemáticamente toda institución natural del hombre.
6. Se subvencionan los comportamientos más aberrantes y victimistas, y se promocionan los defectos, vicios y malos modales.
7. Se premia e invita al consumo compulsivo, sin moderación ni límites, y se educa al individuo para satisfacer las necesidades del mercado, independientemente de si estas son éticas o perjudiciales para la comunidad popular.
Todo este conjunto de circunstancias hace que lo que podría ser una bendición para la sociedad, como un individuo de altas capacidades, se transforme en la constatación de un fracaso social por parte del sistema.
Guillermo Fernández González
