Contrariamente a los críticos artísticos actuales que ven como un progreso que ciertas personas que se hacen llamar artistas expongan todos sus miedos, parafilias y pensamientos degenerados, esto no deja de ser, si tenemos en cuenta su visión lineal de la historia, un retroceso.
Ya que el arte solo puede ser elevado; de hecho, es el máximo exponente que diferencia al hombre de sus ancestros primates, ya que el arte fue la primera capacidad de abstracción de lo elevado, es decir, la constatación de que el hombre había logrado la total independencia del condicionamiento de las necesidades fisiológicas básicas.
Muchos objetarán que las pinturas rupestres son arte y tratan temas fisiológicos, pero olvidan incluir que la misma conciencia de sí mismo ya fue una elevación exponencial respecto a la de miles de ancestros que no la tuvieron.
De igual forma, hemos de reconocer que dichas pinturas tienen más valor arqueológico que artístico real. Tras este inciso, recalco la frase inicial: el arte solamente puede ser elevado. Muestra de ello fue el anhelo filosófico-artístico de emular la perfección, y esta siempre se hallaba en lo más alto, desde la cima de la caverna de Platón hasta el primer motor de Aristóteles, que movía el cosmos.
Naturalmente, esto no excluye el arte profano y naturalista, que inconscientemente perseguía elevarse recreando con la mayor exactitud y precisión la obra divina. No creo necesario decir que la senda filosófico-artística, iniciada por Platón y Aristóteles, tuvo su continuación en la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XX, con autores en los diferentes ámbitos artísticos. Y es que todas estas obras tienen una cosa en común: la belleza y los sentimientos que despiertan. Desde la admiración por el David de Miguel Ángel hasta la grandiosidad de las catedrales medievales, cualquier ciudadano, por ajeno que sea al mundo del arte, entra en comunión con la obra.

En el arte moderno, paradójicamente, no se progresa, sino que la mayoría de pseudoartistas exponen con prepotencia y soberbia las consecuencias de su alcoholismo, sus neurosis ininteligibles o sus más vulgares vivencias fisiológicas, creyéndose adalides del progreso.
Paradójicamente, estos artistas son quienes retrotraen al arte a su expresión más primitiva, la de las cavernas, donde el homínido vivía única y exclusivamente para fornicar, beber y comer, y donde daba rienda suelta a sus instintos y a sus supersticiones primarias.
Finalmente, y para no herir los sentimientos de los amigos de los primates, hay que decir que los segundos están disculpados, mientras que los primeros siguen practicando su estafa, haciendo del descenso a los infiernos del arte su mayor negocio. Un negocio con un pseudoarte que no comunica nada al espectador y que, como mucho, puede despertar la irrisión, la indiferencia o una leve sorpresa pasajera por una transgresión que, en la sociedad decadente en que vivimos, ya habrá sido normalizada antes de que la obra salga de la exposición.
El arte solo puede ser lo elevado
Viva Europa
Guillermo Fernández González
