El 5 de junio de 1975 fallecía el escritor vasco Gabriel Aresti Segurola (1933-1975), y cuando ya pasan de cincuenta años de su muerte, su recuerdo es un buen motivo para hacer una reflexión más profunda que la de solo recordar a este novelista, poeta y dramaturgo vasco. Muchas veces oímos a las derechas y a las ultraderechas decir que hay que dar la batalla cultural, y ciertamente lograr la hegemonía cultural es esencial con vistas a un posterior cambio político, pero mucho me temo que esa necesaria batalla cultural que ahora piden la derecha y la extrema derecha nada tiene que ver con la lucha cultural necesaria. Y me explico: La lucha cultural necesaria ha de ser aquella que no solo respete sino reivindique las identidades de los pueblos de las Españas, que son varios. Y uno de ellos son los vascos. Del pueblo vasco surgió por este orden, el Ducado de Vasconia, el reino de Pamplona y el reino de Navarra, en el que se puede rastrear cierto influjo político-ideológico visigodo, en un reino étnicamente vasco-navarro, de tal manera que el reino de Navarra será la aventura política del antiguo y valiente pueblo de los vascones. Posteriormente, Vasconia mantuvo sus fueros hasta que en el posterior enfrentamiento entre liberales isabelinos y tradicionalistas carlistas en las guerras carlistas, los vascos optaron por el segundo bando, por lo que la derrota carlista también sería la derrota de los vascos, que nunca hasta entonces se habían sentido extraños a una España que integraba armónicamente sus peculiaridades hasta entonces. Pero a partir de ese momento, los liberales impondrán el modelo centralista en toda España.
De la romanización derivan, del latín vulgar, las lenguas hispano-romances que hoy hablamos todos los españoles (como el castellano, el catalán y el gallego) excepto ese tesoro de la Prehistoria que es el vascuence, una de las lenguas más antiguas de Europa, cuyo código sigue sin descifrar. Teniendo ese tesoro, lo lógico sería que cualquier movimiento españolista de los que dicen que Vasconia es España valorara esa lengua como lo que es, un tesoro. Y sin embargo, cuántas veces no hemos tenido que escuchar todo tipo de sandeces, insultos y desprecios hacia el vascuence provenientes de un facherio casposo, centralista, jacobino y cavernícola.

Dicho esto, es oportuno recordar a Gabriel Aresti, un poeta, escritor, articulista y dramaturgo vasco y vizcaíno que escribió en euskera siendo uno de los mejores poetas y prosistas en lengua vasca y uno de los escritores en euskera más importantes del siglo XX, y siendo también miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca, además de traductor al euskera de Bocaccio, Federico Garcia Lorca, Valle-Inclán, Castelao, T. S. Eliot, Bertolt Brecht y James Joyce, entre otros, así como de otros autores de lenguas minoritarias. Podría decirse que es el fundador de la moderna poesía vasca, con su obra “Harri et Herri” (“Piedra y Pueblo”), 1964, de gran influencia en la juventud de los años ’60 y ’70.
Gabriel Aresti nació en el número 2 de la calle Barroeta Aldámar, en Bilbao el 14 de octubre de 1933, y creció y vivió en Bilbao. No siendo vascoparlante, creció y se educó en castellano, pero con gran motivación y fuerza de voluntad, superando las grandes dificultades que existían en la época de Franco, logró aprender euskera en Bilbao. Por tanto, creció en un entorno castellanohablante y aunque su padre era euskaldun, no le fue transmitido este idioma como lengua materna, por lo que empezó a estudiar el idioma de forma autodidacta a los doce años y a los veintiuno ya colaboraba en algunas publicaciones. Así, a los 21 años publicó sus primeros poemas en “Euzko-Gogoa”, y posteriormente colaboró en varias publicaciones como “Egan”, “Zeruko-Argia” y “Euskera” con diversos trabajos sobre literatos y teatro vasco. Comenzó su andadura literaria con una obra de carácter simbolista, Maldan Behera (Cuesta abajo), en la que se observa la influencia del pensamiento filosófico de Nietzsche y la estética de T.S. Elliot.

De profesión contable, dedicaba su tiempo libre a la literatura. En 1957 fue nombrado académico correspondiente de Euskaltzaindia, la Academia de la Lengua Vasca, cuyo órgano era “Euskera”, y en donde defendió activamente la creación de un idioma unificado: el euskera batua. Dentro de una nueva era, fue uno de los padres del euskera batua, junto con los vascólogos Koldo Mitxelena, Fr. Luis Villasante y Txilardegi. Fue el autor de Euskara Batuaren Kutxa, el cual los escritores vascos usaban en esos comienzos del euskera batua, proponiendo una homogeneidad en diccionario y morfología. Al hilo de ese tema, participó en duros debates sobre el euskera batua.
Gabriel Aresti renovó la poesía vasca. Sus libros, Harri eta herri, Euskal harria y Harrizko herri hau son reflejo del realismo social. Aunque es más conocido como poeta, también destacó como autor teatral y novelista. Como ya se ha dicho, mostró un gran interés por la unificación de la lengua vasca y defendió el uso del euskera común unificado o euskera batua, participando en el Congreso de Arantzazu. Gabriel Aresti escribió dos libros relacionados con el idioma, Batasunaren kutxa de gramática y Hiztegi tipia, un diccionario en colaboración con Xabier Kintana. Fue fundador de la editorial Lur y dio a conocer a una nueva generación de escritores vascos. Como colaborador en prensa, publicó numerosos artículos que provocaron cierto debate en el ámbito de la cultura vasca. Por tanto, aún siendo euskaldunberri, es decir, “vascoparlante nuevo”, llegó a ser un prolífico escritor en euskera escribiendo excelentes trabajos de poesía y teatro. Los libros Harri eta herri (1964), Euskal harria (1968), y Harrizko herri hau (1971) llevaron a la poesía en euskera por el camino del realismo social, creando un nuevo imaginario moderno vasco. Si bien es conocido principalmente como poeta, Aresti cultivó también otros géneros, como el teatro sobre todo, aunque no faltan cuentos y novelas en su producción. Gabriel Aresti creía que la literatura era una herramienta con capacidad de transformación de la sociedad, y por eso Aresti tomó parte también en las importantes discusiones en torno al euskera batua. En el famoso congreso de Arantzazu (1968) hizo una encendida defensa del euskera unificado frente a los sectores más tradicionalistas y cerrados. Por ello, además de por sus atrevidos planteamientos sociales y por su orgullosa defensa de su condición de euskaldunberri, Aresti fue muy mal visto por aquellos sectores conservadores. Gabriel Aresti consiguió plantear la discusión en la sociedad y convirtió su propia vida en ejemplo polémico de las contradicciones que en aquel tiempo afloraban en la sociedad y cultura vascas. Además de ser euskaldunberri, Aresti no era sacerdote como la mayoría de escritores y lingüistas de la época. Para remate, ni siquiera vivió de las letras, ya que era contable en una empresa y dedicaba su tiempo libre a su gran pasión literaria. La biografía de Gabriel Aresti se puede considerar como ejemplar para los euskaldunberris, para quienes sienten y viven la motivación por aprender la lengua vasca. Aunque cultivó también la prosa –novela, relatos, teatro, artículos periodísticos, letras para canciones- Gabriel Aresti es considerado sobre todo el poeta más importante del siglo XX en el País Vasco. Como se ha dicho, él había aprendido el euskera de forma autodidacta, con apenas catorce años, y sus primeras tentativas poéticas están marcadas por Eliot y los simbolistas. La influencia personal de Blas de Otero hizo derivar sus escritos hacia un realismo social, en el que asimismo está muy presente un imaginario antropológico del mundo vasco rural que enlaza su literatura con la pintura de Jorge Oteiza. Su obra principal es la trilogía Harria (Piedra), que incluye los poemarios Harri eta herri (Piedra y pueblo), Euskal harria (Piedra vasca) y Harrizko herri hau (Este pueblo de piedra). Estas son sus obras más importantes, las que componen la serie Harria: Harri eta herri (1964), Euskal harria (1968), Harrizko herri hau (1970) y Azken harria (1976), publicada después de su fallecimiento. En ellas la historia y la antropología vascas están presentes con símbolos claves como el árbol, la casa o la piedra. Uno de sus poemas más conocidos se titula “Nire aitaren etxea” (“La casa de mi padre”). También le dedicó un poema, cantado por el grupo de música folk vasco Oskorri a Adela Ibabe, una profesora de ikastola, que fue una de las impulsoras de la enseñanza del esuskera.

Según el estudioso Iñaki Aldekoa (Historia de la literatura vasca, U.N.E.D., 2000), fue importante la influencia de Jon Mirande en la primera época de Gabriel Aresti. «El protagonista arestiano de Maldan behera, la obra más ambiciosa de su primera producción, hereda el espíritu de Zaratustra y se siente llamado a profetizar sobre el devenir del hombre tras la muerte de Dios», ha escrito Aldekoa. Ese primer poemario era simbolista e impenetrable, por lo que pasó bastante desapercibido. Después, el poeta optó por un estilo llano, directo y discursivo, «para la inmensa mayoría», en palabras del poeta. Desde Harri eta herri en adelante, Aresti se revistió de «una aureola profética y bíblica» según Aldekoa, con una clara apertura a lo social, y con el convencimiento de que la poesía era capaz de provocar el cambio social.
Gabriel Aresti falleció en Bilbao el 5 de junio de 1970 a los 41 años víctima de una enfermedad hepática no diagnosticada a tiempo. El Ayuntamiento de Bilbao colocó una placa en el Frontón de la Esperanza, con estos versos de Aresti: “Askaotik Sendejara / Bilbaon / Esperantza / oso mehar, Ilin eta laburra da”.


Desde el 24 de julio de 2004, Gabriel Aresti tiene su día conmemorativo: «Gabriel Arestiren Eguna» en la localidad vizcaína de Ea, y el Ayuntamiento de Bilbao convoca anualmente los premios de cuentos «Gabriel Aresti».
Entre sus trabajos, están las letras que escribió expresamente para que fueran cantadas, la mayoría con la colaboración del grupo Oskorri. El grupo publicó un disco llamado Gabriel Arestiren omenez, compuesto por los poemas musicalizados del escritor. Muchos de esos se han convertido en canciones populares:
Gora ta gora beti; Egun da Santimamiña; Furra furra; San Simon eta San Juda, Xabier Letek kantatua.
Eduardo Núñez
