Desde que existen las ciudades, en el interior de estas se encuentran estatuas y esculturas, como monumentos para la posterioridad. Las temáticas que se les daba incluían: la conmemoración de hechos pasados, héroes de batallas, Dioses, líderes y monarcas etc. En los ideales clásicos también predominaba la idea de transmitir virtudes y contar historias a través de la escultura.
Esta costumbre de inmortalizar grandes personalidades en piedra y bronce perduró hasta nuestros tiempos modernos. Muestra de ello y de las pasiones que levantan las estatuas es que en la actualidad resuenan noticias de ataques a estatuas de colonos europeos, de generales sureños norteamericanos e incluso de artistas rusos, por poner algunos ejemplos, los cuales hacen su aparición en nuestras pantallas de vez en cuando.
En este sentido a todos nos sonarán las noticias del último año, con motivo de la guerra en Ucrania, como en muchos lugares retiraban estatuas de Lenin y Stalin (como símbolo del imperialismo ruso), imágenes que sonarán familiares tras la caída de la URSS. Lo que no deja de sorprender es el cuantioso número de estas, que parece no tener fin, a lo largo de las décadas, y es que por muchas que se retiren, seguirán apareciendo por el este de Europa monumentos a Lenin y Stalin.


Hay una expresión curiosa llamada “el culto a la personalidad”, sobre todo aplicado a caudillos y estadistas autoritarios de los últimos tiempos. Y hablando de estos: Hitler es el arquetipo moderno del líder trastornado que crea un culto a la personalidad. Pero… NO había estatuas de Hitler en la Alemania nazi. En los edificios oficiales y gubernamentales había una foto del Führer, como es normal encontrar una del Rey de España como jefe del estado, pero en los espacios públicos callejeros es una cosa rarísima encontrar cualquier estatua dedicada a Hitler. Por el contrario, Stalin y Mao tenían un montón de estatuas hechas por ellos… ¿Por qué?


El autor Milan W. Svolik nombraba que tras la idea del culto a la personalidad se esconde un “En este régimen la única persona que importa soy yo”. Cuando leo esto en seguida pienso en los lideres norcoreanos, cuyos retratos en cada espacio cerrado deben estar en un ángulo de inclinación para que el reflejo de la luz no les tape la cara, o en los estadistas marxistas varios y su obsesión de ocupar su espacio en todas las artes y espacios públicos. Aunque debemos comprender que para el marxismo el arte solo tiene sentido como herramienta con potencial propagandista, mientras que, para el Nacionalsocialismo, el arte es fundamentalmente popular y valioso por sí mismo, es el fin político y no al revés. Muestra de ello son las temáticas del arte alemán del Tercer Reich: esculturas de hombres fuertes, cuadros de campesinos, arquitectura neoclásica etc.

En el ideal clásico construir estatuas de alguien en vida era visto como algo presuntuoso, de mal gusto. En contraposición con esta idea de culto a la personalidad narcisista y endiosada, y contra lo que popularmente se cree, estaba Hitler, el cual en palabras de Jung: “No había ningún hombre tras esos ojos, había una nación”. Esta es la esencia del “principio de Führer”, ser la persona que encarna el símbolo y la praxis de la voluntad popular, pero no un ídolo al que hay que servir per se, sino en cuanto este está legitimado por sus acciones. Hitler no estaba obsesionado consigo mismo, sino con la reconstrucción de Alemania. Eso es lo que hace la personalidad de Líder, y no un sinfín de estatuas en vida para “recordarlo”. En definitiva, Hitler no estaba tratando de construir una unidad a partir de sí mismo como líder, sino aparentando que la gente tenía el deber para con sus compatriotas. Por eso Mao, Lenin, Stalin etc. tenían muchas estatuas en vida y Hitler no.
Rafael M.
