Unas notas sobre LIBERALISMO y MARXISMO escritas desde el NACIONALSOCIALISMO.
Detrás de todo sistema, de toda política, subyace una interpretación determinada de qué es el hombre y cuál es su lugar en el mundo; una cosmovisión. Para el marxismo-liberalismo el hombre es un ser económico. Esto significa que entienden al ser humano y a las comunidades que forma únicamente en su DIMENSIÓN MATERIAL. Las versiones más extremas de estas ideologías materialistas niegan directamente las otras dos dimensiones del hombre: BIOLÓGICA y ESPIRITUAL. La más «moderadas» simplemente subordinan estas dos a la primera.
Por ello, cuando los liberales alaban al individuo, al que colocan en el centro de todo su sistema, o los marxistas al pueblo o a la colectividad, objeto de sus desvelos, se ha de apuntar que hablan de algo completamente distinto a lo que nosotros entendemos por estos términos. Están partiendo de ideas, de concepciones, producto de una cosmología que no es la nuestra y que restringe al sujeto a su expresión material y económica.
Para los liberales, el individuo no es producto de una comunidad (racial, genética y cultural) como para nosotros, sino que es la sociedad (como organización material) la que es producto de la asociación contractual de individuos preexistentes e independientes. Una quimera individualista que niega o denuesta los vínculos sociales distintos a los surgidos de relaciones comerciales y mercantiles. En el liberalismo todos es mercado y cualquier cosa es susceptible de ser mercantilizada, desde la Cultura y el Arte, al útero de una mujer hambrienta.
Para los marxistas, la colectividad es una asociación de intereses de clase (económicos y materiales) y el individuo es sólo un producto modelado por las condiciones materiales e históricas. Menosprecian el valor de la personalidad, la genialidad individual, la herencia, la voluntad, el carácter… E ignoran los lazos comunitarios de naturaleza étnica y cultural que pertenecen, en realidad, a un nivel mucho más profundo y trascendente que los de clase, de carácter monetario y productivo, y, por tanto, superficial y coyuntural.

Los liberales se adhieren a ciertas tesis que subrayan el papel de los grandes hombres como motor de la historia; pero los consideran de manera aislada, atomizada, cercenándolos de la substancia biológica y cultural de la que forman parten, que es sustrato y precondición de su existencia. Por el contrario, los marxistas niegan en rotundo su importancia y los reducen a «sujetos históricos», productos inertes de un discurrir histórico lineal ante el que son impotentes; meras herramientas de un discurrir mecanicista de tintes teológicos. En oposición a ambas concepciones simplistas, el Nacionalsocialismo proclama el valor de las grandes personalidades y su capacidad para marcar el rumbo de la historia. Pero las reconoce siempre como el fruto selecto de la comunidad étnica que las ha engendrado. Una comunidad que no se funda sobre condiciones productivas, sino a partir de una base biológica, anímica y cultural. Las condiciones productivas son obra de una comunidad y sus elementos dirigentes; ¡no al revés! Y las condiciones históricas y materiales son desde luego factores a ponderar, pero no el principio de nada, sino consecuencia de acciones humanas y del mundo natural. Son escenografía, contexto y atrezo, pero no libretistas, compositores, ni actores. Condicionan y limitan las posibilidades, no crean ni dirigen.

Aunque liberalismo y marxismo adoptan posiciones enfrentadas y toman caminos divergentes, su matriz ideológica, su cosmovisión, la premisa sobre la que articulan todo su sistema, sigue siendo el materialismo. Una aberración ideológica de la modernidad decimonónica que, por su estrechez de miras, se revela incapaz de ofrecer una visión profunda y completa del hombre. Liberalismo y marxismo son obtusos desvaríos de despacho y calculadora, ciegos al mundo exterior. Sobre el papel dibujan sus esquemas con una lógica interna cuasi impecable, pero al trasladarlos al terreno real nada encaja como estaba previsto. Y se jactan de «científicos» porque han cocinado una «ciencia» a la medida de sus postulados, cuyo pobre análisis del mundo se limita a un sólo factor, a partir del cual se sienten capaces de deducir el resto.
Una «ciencia», como la liberal, que concluye que el egoísmo individual, multiplicado por la avaricia general al cuadrado, es igual al altruismo y el bienestar común. Ecuación elemental del liberalismo —y anuncio premonitorio de su fracaso—que explica la existencia de esa criminal «mano invisible del mercado» que, en lugar de repartir riqueza para todos como dogmatizó el profeta Adam Smith, aprovecha su invisibilidad para hurtar a los trabajadores sus legítimas propiedades y depositarlas en manos de una minoría de parásitos especuladores. ¡Todo sea por defender la «propiedad privada» de la venida del monstruoso «socialismo»! corearan los cerriles votantes de derechas mientras abren sus bolsillos a los cuatro jinetes del dólar.
Una «ciencia» que tacha de herejía el «revisionismo», como hace el marxismo al aferrarse a los torpes conocimientos antediluvianos que le sirvieron de base. Dos siglos de conquistas científicas en infinidad de campos relevantes para el conocimiento del hombre —como sociobiología, etología, genética, etc.— no han enriquecido, ni alterado, un solo párrafo de su corpus doctrinario… «científico».
«Ciencias» ambas, en definitiva, plagadas de ingeniosas fórmulas, leyes reveladas y cálculos cómicos, que no sirven más que para parir sesudos y soporíferos mamotretos, engatusar a los desesperados, vampirizar la riqueza en favor de unos «elegidos»* y repartir miserias a los pueblos sometidos a su tutela.

Liberalismo y marxismo han fracasado en todos sus experimentos. Sus sistemas no han cosechado éxito alguno. ¡Pero no es culpa suya!, protestan sus paladines, es que no se han puesto en práctica de forma correcta. La culpa fue del estado que intervino, refunfuñarán los primeros. Hay que tener en cuenta las condiciones materiales, se excusarán los otros. Y vuelta a empezar. Sin duda sus teorías obtendrán un resultado diferente al próximo intento. Ya lo dice el refrán —en su versión liberal-marxista—, a la 3.427 va la vencida. Lo veremos con Milei. Y si no sale bien, ¡oh, sorpresa!, a buscar un chivo expiatorio y vuelta a empezar.
Pablo Sáez Pardo
Una recomendación formativa:
Animo a nuestros lectores interesados en la materia a ver o escuchar la siguiente edición de La Brújula, de TLV1: «Von Hayek: la ortodoxia liberal contraataca». Se trata de un interesante programa que disecciona el LIBERALISMO y la figura de uno de sus más aplaudidos apóstoles: Friedrich von Hayek. Aunque las posturas del programa no son NS sino «tercerposicionistas», podemos suscribir el 99% de sus críticas; y constituye un material formidable de formación, reflexión y debate. TLV1 es un proyecto alternativo argentino de gran calidad que vale la pena conocer, seguir y apoyar.
Podcast:
https://www.ivoox.com/von-hayek-ortodoxia-liberal-contraataca-audios-mp3_rf_42083907_1.html
Programa en vídeo:
https://canaltlv1.com/von-hayek-la-ortodoxia-liberal-contraataca
