Los últimos sucesos de Ceuta han vuelto a poner el foco en Marruecos y, como muchas otras veces, el foco parpadea e incluso se ensombrece. Una «ley no escrita del silencio» parece imperar en un país a pocas horas en avión desde la península, donde lo que se enseña no es lo que es, y lo que es no es lo que se enseña.
Se trata de Marruecos, para el turista un simpático país, donde beber té y regatear en los zocos, pero para el que lo habita y, sobre todo, los más viejos del lugar, un sueño en los años 50 durante el proceso de independencia, que, progresivamente, se fue tornando una pesadilla.
Esta pesadilla fue consensuada e incluso validada, con complicidades extranjeras, pero, ante todo, una pesadilla cuyos artífices fueron y son la Familia Real marroquí.
Este artículo, sin ánimo de vanagloriarse, es un artículo escaso. El lector que revise cualquier biblioteca no hallará bibliografías extensas sobre quién decide los destinos del pueblo marroquí. De hecho, existe una biografía escrita por Gilles Perrault, titulada «Nuestro amigo el Rey», que ha sido expresamente prohibida por Marruecos, sin protestas internacionales ni escándalo alguno en la prensa, solamente silencio.

Y no es casual: tras la pesadilla siempre acaba viniendo el silencio, y para la pesadilla siempre es necesario el silencio. Pero la pesadilla tiene nombres, apellidos, fechas y, sobre todo, muertos, muchos muertos, y datos muy incómodos y tristes efemérides desconocidas.
Efemérides tenebrosas, como haber sido el país que usó napalm antes que los Estados Unidos en Vietnam, concretamente entre 1958 y 1959, pero no contra un pueblo extranjero, sino contra su propio pueblo, en la región del Rif, donde el que sería Hassan II tendría su bautismo de fuego, masacrando a 8 mil civiles, y con la compañía siniestra de los generales Ben Mizzian y Ahmed Ufqir. Estos dos nombres, junto al de Hassan II, harían estremecer a todo Marruecos hasta 1991.
No obstante, 1958 y 1959 solo serían el preámbulo siniestro de lo que sería una orgía sangrienta, sin disimulo, pero con la complicidad del silencio.
Si pudiéramos definir al Reino de Marruecos, el término más adecuado sería una cleptocracia y un narco Estado coronado, pero sin las ventajas de las obras públicas, salvo si excluimos al Sáhara, el cual, por orden y gracia del «Comendador de los creyentes», Mohamed VI. Pero es una gracia en absoluto nada graciosa, ya que tras los miles de kilómetros de alambradas y fortines, cuyas dimensiones compiten con la Muralla China (literalmente), hay sangre, sudor y corrupción.
En Marruecos no se mueve una mota de polvo sin que Almajzen, o popularmente conocidos como «los vagos», reciban su parte de comisión. Las obras públicas no son una excepción. Todo sería «perfecto» si no hubiera el «pequeño inconveniente» de que hay miles de pueblos pequeños e incluso grandes ciudades donde no hay ambulatorios, donde las medicinas son para quien se las puede pagar y donde el sistema de saneamiento deja bastante que desear, en un país donde el 24 % de la población es analfabeta.
Este es el panorama actual, pero hasta este estado de cosas no se llegó por azar. El predecesor de estas tristes cifras encumbra y ensombrece al mismísimo «padre de la independencia». Su nombre fue Hassan II.

En la historia de Marruecos han quedado nombres que aún hoy despiertan miedo entre los más viejos del lugar. Uno de ellos es Taz Ma Mart (centro de lujo donde iban los «militares desafectos»), un centro clandestino de detención, donde Hassan II hacía desaparecer (literalmente) a sus presos políticos más incómodos. La sistemática era que los tribunales emitían una sentencia, pero luego el Rey decidía por capricho el número de años de condena.
Situado al pie de lo alto de la sierra del Atlas, las condiciones de las celdas eran de apenas 3 metros de largo x 2,5 metros de ancho. Además, los techos estaban hechos específicamente para que el prisionero en ningún momento se pudiera poner de pie. La oscuridad era total y permanente; no había ventanas, solo pequeños orificios de ventilación en el techo, sin muebles y con suelos de cemento, pero con la «cortesía» de 2 mantas. Un simple agujero servía de letrina, pero sin agua corriente y sin contacto con los guardias, que pasaban diariamente un «rancho».
La brutalidad de Taz Ma Mart fue tal, y las leyendas lúgubres tan intensas, que el mismo gobierno decidió demolerla para no dejar rastro.
Mientras que para los «militares desafectos» estaba Taz Ma Mart, para los más humildes ciudadanos discrepantes se tenía reservado Derb Mulay Cherif, en donde pasaron más de 5 mil personas en sus 3 décadas de funcionamiento. La cárcel incluía hacinamiento, los sótanos del horror, prohibición de los presos de hablar y 24 horas esposados, eso sin haber pasado por la sala de interrogatorios.

Pero este artículo no sería ilustrativo si, aparte del sistema carcelario, hecho para literalmente exterminar al preso, no habláramos de las masacres indiscriminadas abiertamente en la vía pública por la Guardia Real marroquí.
- Masacres de los disturbios estudiantiles de Casablanca (1965)
Entre 1000 y 1500 muertos, muchos lanzados directamente en fosas comunes.
- Masacre de los disturbios del pan (1981)
Más de 600 muertos y muchos sin determinar.
- Masacre de las revueltas del norte y de Nador (entre 592 y 742 muertos)
En total, se calcula que durante el reinado de Hassan II murieron o desaparecieron 16 mil personas. No obstante, el gobierno de Marruecos, no sabemos si cínicamente, solo reconoce entre 592 y 742 muertos.
Todo esto sin contar los muertos en los centros de tortura del Sáhara. Pero es que, si nos retrotraemos a Mohamed V, la cifra asciende a 8 mil muertos más, y eso sin contar los datos del actual monarca, Mohamed VI.
Para finalizar, un apunte: todos y cada uno de los años de Hassan II fueron dominados por 3 variantes.
1- La corrupción institucionalizada y ni disimulada, con un palacio por cada ciudad que Hassan II visitaba y comisiones a todo tipo de importaciones y exportaciones de todo tipo.
2- Por el numerosísimo volumen de amantes en auténticas macroorgías palaciegas.
3- Lujo ostentoso frente a pobreza inhumana, todo ello encubierto por Francia principalmente e ignorado por España.
Espero que este artículo haya penetrado en la espesa bruma del silencio imperante y que ayude, dentro de mis posibilidades, a ilustrar acerca del régimen marroquí.
Guillermo Fernández González
