CEUTA, LA FRONTERA QUE ESPAÑA NO QUIERE PROTEGER, por Manu Beramendi

En Ceuta se está viviendo una grave vulneración de la frontera sur de España y de una de las principales puertas de entrada desde África a Europa. En las últimas horas, miles de personas han cruzado desde Marruecos, muchas de ellas a nado o por la zona del Tarajal, lo que ha desbordado a las ya escasas fuerzas de seguridad de las que dispone la ciudad para proteger la frontera. El Gobierno ha desplegado tarde refuerzos, incluido el Ejército, y se han registrado varias víctimas mortales durante los intentos de cruce. Por su parte, muchos ceutíes han protagonizado pequeñas manifestaciones y protestas recorriendo las calles de la ciudad y señalando a los marroquíes como invasores.

No es la primera vez que ocurre. En mayo de 2021, alrededor de 8.000 inmigrantes accedieron a Ceuta en apenas unas horas, en un episodio que coincidió con una grave crisis diplomática entre España y Marruecos tras la hospitalización en territorio español del dirigente del Frente Polisario, Brahim Ghali. Cinco años después, la sensación vuelve a ser la misma: la frontera española continúa dependiendo en gran medida de la voluntad política de Rabat para mantener una situación de normalidad.

Cada vez que aparecen desacuerdos sobre el Sáhara Occidental, la cooperación policial, la pesca, el comercio o la política exterior española, la presión migratoria vuelve a ocupar el centro del tablero político. Resulta difícil no concluir que Marruecos entiende el control migratorio como un elemento de presión y negociación dentro de su relación con una España sumisa y con una Unión Europea inmóvil.

En las imágenes podemos ver apenas mujeres y la inexistencia de ancianos o familias.

Lo verdaderamente preocupante es que ningún gobierno español, ya sea de izquierdas o de derechs, ha conseguido construir una política de Estado capaz de reducir esa vulnerabilidad y proteger lo que aun es territorio español. Cada crisis se responde con despliegues extraordinarios, declaraciones institucionales y reuniones diplomáticas, pero el problema reaparece una y otra vez. La consecuencia es evidente: España sigue sin demostrar que puede ejercer un control estable sobre una de las fronteras exteriores de Europa sin depender, en gran medida, de la colaboración del país vecino. Y eso conlleva a inversión económica que se pierde en las dunas del país norteafricano.

Algunos partidos y dirigentes políticos han llegado a presentar a Marruecos como el principal enemigo de España. Esa afirmación puede resultar eficaz desde el punto de vista del discurso político, pero simplifica una realidad mucho más compleja. Marruecos constituye un desafío importante para la política exterior y la seguridad fronteriza españolas, pero reducir el análisis a un único actor impide comprender el contexto geopolítico en el que España desarrolla sus relaciones internacionales. Concentrarse exclusivamente en Rabat mientras presta mucha menos atención a la influencia que ejerce Israel con intereses geoestratégicos en el mediterráneo y contra España es un error. Desde mi punto de vista, esa visión parcial empobrece el análisis y desvía la atención del verdadero enemigo.

Nuestra frontera es un chiste.

Si realmente queremos proteger la frontera sur y reforzar la posición de España en el Mediterráneo, hace falta una estrategia nacional que trascienda los ciclos electorales y los intereses partidistas. La política exterior y la seguridad fronteriza no pueden improvisarse cada vez que estalla una invasión. Mientras sigamos respondiendo únicamente a los acontecimientos, en lugar de construir una política de largo recorrido, Ceuta seguirá siendo el escenario donde se hagan visibles nuestras debilidades. Con una democracia liberal resulta completamente imposible solucionar este problema, especialmente bajo un sistema bipartidista genuflexo ante los intereses del dinero.

Manu Beramendi

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