El año pasado tuvo lugar una exposición en el Museo Thyssen de Madrid en la que se mostraron más de medio centenar de pinturas, dibujos e ilustraciones de Rosario de Velasco Belausteguigoitia (1904-1991), una de las artistas más desconocidas de la Generación del 27.
Esta exposición tuvo el valor añadido de que por primera vez se expusieron al público obras de esta pintora figurativa integrante de la Sociedad de Artistas Ibéricos hasta ahora guardadas en colecciones privadas y particulares, algunas en paradero desconocido y que se han ido localizando y recuperando en los últimos años, junto a las grandes pinturas de Rosario de Velasco conservadas en los museos. La exposición estaba centrada en la época más importante de la trayectoria artística de Rosario, es decir, desde finales de la década de los años 20 hasta principios de los años 40 del siglo pasado.


En la España de los años 30 del pasado siglo, Rosario de Velasco consiguió sobresalir con una de las carreras más brillantes de aquella década frente a los prejuicios que persistían entonces sobre las mujeres artistas.
Nacida en Madrid el 20 de mayo de 1904 en una familia de orígenes vascos, destacó muy joven como artista y realizó sus primeros estudios en el taller del pintor gallego Fernando Álvarez de Sotomayor (1875-1960). También acudió a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Rosario de Velasco debutó en la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1924 y continuó participando en este evento en seis ocasiones más en 1932, 1934, 1935, 1936, 1941 y 1954. Con sus primeras obras concurrió en 1924 a la Exposición Nacional de Bellas Artes y más adelante participó en el Salón de Otoño de 1931 y en la exposición que la Sociedad de Artistas Ibéricos, a la que ella pertenecía, organizó en Valencia en 1932. Su prestigio como pintora fue creciendo gracias a cuadros como El baño (1931) o Adán y Eva (1932), que corresponde a su primera época, y de una calidad formal indudable, por lo que en 1932 fue galardonado con la segunda medalla de pintura en la Exposición Nacional de Bellas Artes, obra que hoy custodia el Museo Nacional de Arte Reina Sofía. De igual modo, presentará esta misma pintura en las muestras organizadas por la Sociedad de Artistas Ibéricos a la que ella pertenecía en Copenhague y en la galería Flechteim de Berlín, entre diciembre de 1932 y enero de 1933. Centrada en la representación de dos personajes –un hombre y una mujer, recostados en una pradera, sobre una tupida vegetación–, en esta composición se encuentran las principales constantes de la trayectoria plástica de su autora, una producción figurativa que en el período anterior al año 1936 se aproxima al realismo de los colectivos identificados con la corriente europea de recuperación del clasicismo, como la Nueva Objetividad alemana o los italianos “Valori Plastici”. Si bien la iconografía de Rosario se inspirará siempre en los motivos pictóricos tradicionales (naturalezas muertas y composiciones con figuras, como en el propio caso de Adán y Eva), la aproximación a esos mismos temas se caracteriza en estos momentos por un innovador tratamiento formal, que incluye los aspectos técnicos y el empleo del color. El éxito de esta obra, Adán y Eva (1932) le permitió exponer en distintas ciudades europeas (Berlín, Copenhague, París) junto a Vázquez Díaz, Miró, Dalí, Maruja Mallo y Ángeles Santos, entre otros, y realizar un viaje a Rusia.
También destaca en su obra sus pinturas Autorretrato (1924) Las lavanderas (1934), Maragatos (1934) o La matanza de los inocentes (1936).

En esa muestra en el Thyssen, se podía apreciar cómo las primeras obras de Rosario mostraban un estilo más academicista, fruto de su aprendizaje con el pintor ferrolano Fernando Alvarez de Sotomayor, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y director del Museo del Prado entre 1922 y 1960. A partir de ahí, su estilo evolucionó hacia los postulados de las vanguardias procedentes de Italia, representados en la revista “Valori Plastici”, y de Alemania con la corriente llamada “Nueva Objetividad”. Ambas soluciones estéticas forman parte del movimiento conocido como “Retorno al orden” que promovía, desde la vuelta a lo clásico de los italianos, o el realismo de los alemanes, un estilo claro y depurado. Rosario de Velasco recogió el impulso de estas influencias, pero sin olvidar la influencia directa de la tradición, en especial la del primer Renacimiento que la acompañará a lo largo de toda su carrera.
Sus nietos recuerdan que ella pintaba siempre con música, especialmente de Mozart y de Bach.

Como ilustradora gráfica que también fue, Rosario exploró estilos que iban desde el post-simbolismo al “art decó”, como se aprecia en los dibujos que acompañan los libros Cuentos para soñar (1928) y La bella del mal amor (1930), de María Teresa León. Conoció un éxito fulgurante durante su juventud en los años previos a la guerra civil, y en Madrid se rodeó de importantes intelectuales y artistas como Delhy Tejero, Concha Espina, Consuelo Berges, Carmen Conde, José Gutiérrez Solana, Alfonso Ponce de León o Matilde Marquina. Probablemente a través de estos últimos, se acercó a la Falange desde su profunda religiosidad, formando parte de ella, siendo una de las primeras militantes en 1933, pues se declaraba ferviente seguidora de José Antonio Primo de Rivera, y al año siguiente, en 1934, se afilió, asimismo, a la Sección Femenina de su amiga Pilar Primo de Rivera. Rosario era católica, pero con un rechazo visceral a “las señoronas de misa diaria con abrigo de piel”, como asegura su nieto Víctor Ugarte Farrerons, “muy moderna y muy feminista” de primera hora, pero también “muy católica”.
Rosario, sobre su pertenencia a la Sección Femenina de Falange, escribe: “Ingresé en la Falange a los pocos meses de fundarse […] pues en aquel clima, el esfuerzo, el sacrificio y el peligro eran un goce. Podría escribir un libro de anécdotas divertidas y trágicas de mi actuación falangista.” (Bruno Benson, “Rosario de Velasco”, en Medina, 14 de febrero de 1943).
La posibilidad de participar activamente como mujer en un movimiento nuevo y para ella revolucionario, sin renunciar a su religiosidad, era vista por Rosario, probablemente, como una oportunidad.

Rosario hablaba con frecuencia de su amistad con Pilar Primo de Rivera y del propio José Antonio. Esta militancia falangista la rememoraría Rosario mucho más tarde como un recuerdo lejano de juventud, que tuvo sentido mientras la Sección Femenina se mantuvo fiel a sus orígenes y no tras la apropiación franquista de la Falange y, con ella, de su Sección Femenina, tal como recuerda la hija de Rosario: “Mi madre reprochaba a Franco haber desvirtuado totalmente el falangismo. De hecho, consideraba a Franco un gobernante poco capacitado y torpe. Recuerdo que mi madre me enseñaba en unos cajones las camisas azules y boinas falangistas como algo del pasado y ya sin sentido”.
Por esta militancia de juventud en la Sección Femenina y su religiosidad, no sorprende, por tanto, que, ya iniciada la guerra, su militancia falangista y entorno familiar la sitúen apoyando a los sublevados desde un primer momento. Hay diferentes versiones sobre un incidente que la haría huir de Madrid. Rosario escuchó desde su casa en la calle Guzmán el Bueno a unas monjas siendo increpadas en la calle. Se asomó al balcón y, para ahuyentar a los agresores, lanzó bombillas a la calle y consiguió que desistieran de su acoso a las religiosas. No está claro si por este episodio o algún otro, o bien por su pertenencia a la Sección Femenina, Rosario al parecer fue denunciada por la portera de su vivienda. Miembros de las FAI (Federación Anarquista Ibérica) acudieron a detenerla, pero finalmente no lo hicieron, dado que, según cuenta su sobrina Beatriz, su simpatía y facilidad de palabra los convencieron. (Beatriz Alonso de Velasco, “Manuscrito sobre la vida de Rosario de Velasco”, febrero de 1991.)



Este incidente, además de su militancia, la hicieron salir de Madrid. Rosario viajó primero a Valencia, a casa de su hermano Luis, pero, al ser advertida de que también corría peligro allí, viajó a Sant Andreu de Llavaneres (Barcelona), donde aprovechó para terminar unos retratos en casa del matrimonio formado por Gustavo Gili, editor catalán, y su esposa Ana María Torra. Conoció allí al médico Xavier Farrerons Co (1906-2000), hijo del también médico Xavier Farrerons Reñé.
Durante este viaje a Cataluña, Rosario fue detenida por ser falangista y llevada presa a la Cárcel Modelo de Barcelona, donde se la condenó a muerte con celeridad. La iban a fusilar al día siguiente. Su futuro marido, el médico catalán Xavier Farrerons movió cielo y tierra y recurrió a un médico conocido de esa cárcel, el doctor Sala, para lograr liberar a Rosario escondida en un carro y salvarle la vida. Esta experiencia la relataba Rosario con gran tristeza, ya que su compañera de celda sí fue fusilada. Rosario vio que también en Barcelona corría peligro, por lo que tomó la decisión junto a Xavier Farrerons de salir de la zona republicana por Francia. Antes, se casaron en la Capilla de los Franceses en Barcelona el 26 de diciembre de 1936. Siempre solía recordar que la boda se celebró a escondidas de forma casi clandestina y que el sacerdote que oficiaba la boda iba “disfrazado de extranjero”. En su huida, los acompañan el matrimonio Gili-Torra con su hijo de cuatro años. Los cinco abandonaron la Ciudad Condal hacia Francia por la frontera catalana para entrar de nuevo en España por la zona sublevada. Se instalaron en Espinosa de los Monteros, en concreto en la pedanía de Las Machorras, un pueblo al norte de la provincia de Burgos y colindante con Cantabria y el País Vasco, en plena Pasieguería. Eligieron esta localidad ya que a Burgos se había trasladado desde Madrid parte de la familia de Rosario (sus padres, su hermana Lola y sobrinos), puesto que Salvio Alonso, el marido militar de su hermana Lola, estaba destinado allí. Antes de salir de Barcelona, Xavier y Rosario dejaron a su querido perro Skipi, un setter, en manos de unos buenos amigos, el matrimonio Jaume Gibert y Montserrat Giró, en Vilanova i la Geltrú, pues llevarlo con ellos hubiera sido muy complicado. Tras dos años en Las Machorras, un día en el que Xavier Farrerons fumaba durante un descanso en la carretera, vio a lo lejos acercarse a su querido Skipi, que se le abalanzó manchándole la camisa de la sangre en sus patas, pues había recorrido cientos de kilómetros durante todo ese tiempo buscando a sus dueños. La noticia, por inaudita, apareció publicada en la prensa de la época. Fernando Iwasaki se refirió a este episodio en un artículo en El País (Fernando Iwasaki, “Esas mascotas eternas”, en El País, 19 de abril de 2018.)

Iglesia de los franceses, Barcelona, invierno de 1937.
Más tarde se trasladaron a San Sebastián, donde Rosario colaboró con la revista falangista “Vértice” y donde nació su hija.

Tras la contienda, se instalaron ella y su marido de nuevo en Barcelona, donde vivió el resto de su vida, y reanudó su carrera artística empezando de cero y alejada del oficialismo franquista, del que se distanció después de la guerra, un distanciamiento que recuerda al de otros falangistas desencantados, como el poeta Luis Rosales, aunque Rosario participó en la Exposición Nacional de Pintura y Escultura de 1941 y en la Bienal de Venecia de 1942. En 1944 fue seleccionada por Eugeni d’Ors para el II Salón de los Once, donde también exponían Gargallo, Benjamín Palencia o Rafael Zabaleta. Sus exposiciones proliferarán por toda España y en algunas ciudades del extranjero. En 1968 fue galardonada con el Premio San Jorge y en 1971 la galería Biosca le dedicó una muestra individual en Madrid.
Rosario de Velasco murió en Barcelona el 2 de marzo de 1991 a los 87 años. Su sepultura está en el cementerio de Montjuic y su recuerdo pervive en todos los que apreciamos su vida y su obra artística.
Eduardo Núñez (Madrid)
