Hasta hoy, la historia había colocado a Heliogábalo encabezando la lista de los «malos emperadores». Excéntrico, vicioso y corrupto. Un déspota sin escrúpulos éticos; que abusó de sus privilegios hasta límites repugnantes. De apetitos materiales, carnales, sádicos y sexuales insaciables. Símbolo de lo bajo que puede caer una civilización próspera cuando la decadencia penetra en sus entrañas y la emponzoña hasta el tuétano. Una lectura intolerante que, a Mammon gracias, toca a su fin.
El primer paso lo ha dado el museo británico de North Hertfordshire. Entre sus muros han decidido reinterpretar la existencia del todopoderoso depravado y romper una lanza en favor de su peculiar condición humana. Releer su vida con perspectiva LGTBI y reparar una injusticia cometida contra este infausto ser. A ojos de tan venerable institución, el hecho de que Heliogábalo adoptase roles femeninos en sus orgías, cuando se prostituía, o asesinaba y sodomizaba con afecto a sus esclavos, le ha convertido de golpe en víctima de la rancia opresión hetero patriarcal romana. De pervertido tirano, ha sido convenientemente elevado a mártir de la diversidad. De aberrante crápula, a pionero progresista. Todo gracias a la sabia y pertinente determinación de este museo que, en un alarde de liberalismo, ha rectificado la identidad de género del malhadado emperador. De ahora en adelante, se referirán al ilustre personaje histórico en género femenino: como a una dama. Tal era su deseo, que le fue negado por el capricho fascista de la cruel Naturaleza. Gracias al museo de North Hertfordshire renace en Heliogábalo un nuevo icono del movimiento TRANS, a la altura de quienes lo ensalzan.

Una ventana magnífica a este período tan antiguo de nuestro pasado —y, sin embargo, tan postmoderno— nos lo ofrecen las mordaces sátiras del poeta romano Juvenal. Con un siglo de antelación al gobierno de la damisela Heliogábalo, Juvenal dibujó con maestría lírica el paradisíaco panorama que se cernía sobre su bienamada Roma. No obstante, he de advertir al lector interesado que Juvenal fue un pobre ignorante en cuestiones LGTBI y demás bendiciones ideológicas. Un rústico labrador chapado a la antigua. De ahí lo retrógrado de su enfoque al enjuiciar el progreso. ¿Cómo explicar si no que tomase fatal partido por un estilo de vida natural, que abanderase los valores tradicionales de los guerreros y campesinos fundadores de Roma, o que criticase con una contundencia que hoy le valdría severas condenas por delitos de odio, los grandes avances de la Roma urbanita de aquellos años, que con tanto detalle recoge en sus versos? El imparable auge de la pasión por el oro y el amor al lucro, que criticó en vetustos términos antiliberales; el culto a la comida y la consiguiente beatificación de la obesidad, que juzgaba con dureza desde su incurable gordofobia; el afeminamiento de los hombres, que despertó en él una repugnancia tal que haría llorar a todo buen «millenial»; la normalización de las prácticas sexuales más invertidas y escatológicas, a las que se refería entre homófobas nauseas; el particular modo de hacer política, tan al uso en nuestras modernas democracias capitalistas, que despreciaba con aires autoritarios… Y así con una inmensa retahíla de adelantos, tales como el aburguesamiento social, el cosmopolitismo, la cultura del entretenimiento de masas, la ruptura de los viejos códigos morales, y otras conquistas e innovaciones cuyas ventajas se negó a reconocer.

Este escenario que describió Juvenal, idóneo estiércol en el que germinó la figura de Heliogábalo, denota un paralelismo exagerado con la era en que vivimos. No es casual. No hay nada nuevo en la postmodernidad. Nuestros modernos progres creen haber descubierto la pólvora con sus ideologías. En realidad, son tan antiguas como la muerte y la putrefacción. Y su inevitable final… ¡Amigos míos!, solo podrá sorprender a quienes, desde museos postmodernos o democráticas instituciones, fantasean con haber servido bajo el manto del emperador —literalmente, en muchos casos—; o a aquellos desenfrenados botarates que imitan las ocurrentes maravillas de su orgiástico gobierno.
Pablo Sáez Pardo
El museo británico de North Hertfordshire rectifica el género de Heliogábalo:
Un adelantado a su tiempo, precursor del nuestro:
